Discursos

JOSÉ MIGUEL INSULZA, SECRETARIO GENERAL DE LA ORGANIZACION DE LOS ESTADOS AMERICANOS
INAUGURACIÓN IX CONFERENCIA DE MINISTROS DE DEFENSA DE LAS AMÉRICAS

22 de noviembre de 2010 - Santa Cruz de la Sierra, Bolivia


Quiero en primer lugar, señor Presidente, señor Ministro, reiterar nuestras felicitaciones a su gobierno por la excelente organización de esta conferencia y, en lo personal, nuestros agradecimientos por la hospitalidad generosa y fraternal que hemos tenido, primero en La Paz y luego en esta hermosa ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Espero que todos podamos corresponder a sus atenciones trabajando para que esta reunión tenga el éxito que Bolivia merece.

Los países de las Américas estamos unidos desde hace más de cien años y esa tradición de unidad es la que explica que nuestro hemisferio haya gozado, durante más de un siglo, de condiciones de paz y estabilidad prácticamente únicas en el concierto internacional. Esa tradición explica, además, que la Organización de los Estados Americanos no sólo se haya mantenido en estos cien años como el principal y más antiguo foro político hemisférico, sino que se haya ampliado desde los veintiún Estados firmantes de la Carta de 1948 a los treinta y cinco que la constituyen ahora. En la actualidad todos los Estados soberanos de la región son miembros de la Organización de los Estados Americanos.

En la OEA conviven países de gran envergadura con naciones mucho más pequeñas, naciones ricas y naciones pobres, naciones de cientos de millones de habitantes con algunas que tienen a veces menos de cien mil, miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con países que ni siquiera tienen ejércitos formales. Y todos esos Estados Miembros son necesarios si hemos de seguir representando a todas las Américas.

La búsqueda de acuerdos a través del diálogo es la única garantía de mantenimiento de una cohesión interna que se rompería si las naciones más pequeñas quisieran imponer sus criterios numéricos a las más grandes en temas que no están dispuestas a aceptar, y también si las naciones más grandes quisieran imponer sus propias determinaciones por el exclusivo imperio de su potencia.

Una garantía más profunda de unidad, convivencia y solución pacífica de diferencias entre nosotros es el derecho internacional. El derecho interamericano y las instituciones del sistema interamericano siguen siendo el fundamento jurídico más importante y la institucionalidad de referencia para acuerdos y convenciones perdurables entre países de las Américas.

Es verdad que luego de la firma de la Carta de Bogotá, en 1948, durante más de tres décadas y en el marco de la llamada Guerra Fría, la OEA se separó de algunos de estos referentes esenciales, llegando incluso a aceptar, justificar o respaldar regímenes constituidos a partir del derrocamiento de gobiernos originados democráticamente. Hoy todos somos conscientes, sin embargo, que esas políticas sólo sirvieron para postergar por muchos años la recuperación de la democracia y las libertades a las cuales creían servir. Por ello la política de intervención se ha ido de la OEA y ha sido reemplazada por una política de multilateralismo moderno y de cooperación internacional.

Hemos aceptado principios y hemos establecido normas relativas al respeto a la soberanía y al principio de no intervención, a la protección de los derechos humanos, a la defensa de la democracia, a la solución pacífica de controversias, a la igualdad jurídica de los Estados, a la transparencia en la gestión pública, a la protección de los derechos de la mujer, a la no discriminación contra minorías y personas discapacitadas, y muchas otras que fueron desarrolladas entre nosotros incluso antes de que fueran reconocidas en otras regiones del planeta.

En ese marco, desde hace casi dos décadas, nuestra Organización vive una nueva etapa de su existencia que tuvo un momento inaugural con la aprobación, en junio de 1991, de la Resolución 1080, y una nueva y aún más poderosa manifestación el año siguiente, cuando en diciembre de 1992 se suscribió el Protocolo de Washington, que modificó la Carta de la OEA y declaró al régimen democrático como una obligación de los Estados Miembros y condición para su membresía y permanencia en el sistema interamericano.

La expresión más elevada de esta nueva era de la OEA es la Carta Democrática Interamericana, aprobada en septiembre de 2001, en la cual se insiste en la definición de los instrumentos de la Organización que pueden ser usados para la defensa y fortalecimiento de la democracia, y se da una definición muchos más amplia que no solamente exige elecciones limpias, participativas y plurales, sino que pone el énfasis también en el ejercicio de la democracia como una práctica.

La práctica de la democracia –según la Carta Democrática - supone, entre otras cosas, el imperio de la ley, el respeto a las instituciones y la subordinación de todos a la autoridad civil democráticamente elegida; el respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales; la vinculación de la democracia política con el progreso económico y social; la participación de los ciudadanos, el respeto a los derechos laborales y la igualdad jurídica de la mujer.

El principio es simple: en una Organización de naciones soberanas sólo cabe facilitar el entendimiento, de manera de que las soluciones sean alcanzadas por los propios protagonistas, sin injerencias externas indebidas. Seguiremos buscando los medios para solucionar los problemas hacia el futuro y evitando rupturas de la democracia o conflictos entre nuestros integrantes. América Latina y el Caribe son una región de paz y deben mantenerse así. En esta OEA deben tener cabida siempre todos sus Países Miembros sobre la base de la disposición al diálogo y la solución pacífica de las diferencias.

En el marco de sus propios objetivos políticos, muchos gobiernos de nuestro hemisferio se han propuesto, con disímiles resultados, realizar transformaciones políticas profundas. Sin embargo, lo que hoy queremos destacar aquí es que todos esos procesos se realizan en el contexto del respeto por la Constitución y las leyes, y que cuando los resultados son adversos a sus pretensiones, los gobiernos los han aceptado sin excepciones.

La rica experiencia que vivimos muestra que este hemisferio, que tiene una enorme diversidad de pueblos, de lenguas, de culturas, de geografías, de tamaños y de riquezas, tiene la voluntad de superar colectivamente los problemas que lo afectan, una vocación común democrática y la decisión de vivir como hermanos y resolver las diferencias mediante el diálogo político, la construcción de consensos, la conservación de la paz y la acción unida de todos los países de las Américas sin excepción.

En ese contexto, las fuerzas armadas contemporáneas están llamadas a ser un complemento directo de la actividad de los Estados en el campo de las relaciones internacionales.

La Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas ha cumplido una importante y necesaria función desde su primera reunión, hace quince años, en Williamsburg, Virginia. Los Ministros de Defensa podían y debían contribuir a la consolidación de las mejores relaciones posibles entre los países de nuestro hemisferio, y lo están haciendo activamente desde entonces.

Esta posibilidad fue favorecida, en mi opinión, porque los actores de la defensa fueron también protagonistas activos de la concordia y las buenas relaciones entre nuestras naciones, en un marco de democracia y estabilidad, permitiendo la evolución desde una concepción que enfatizaba la seguridad territorial a otra que puso al ser humano como objeto directo de la seguridad.

Dejamos atrás una concepción que entendía la seguridad asociada a la posibilidad de conflicto armado entre nosotros. La nueva concepción, que hemos denominado “seguridad multidimensional”, se plantea desde el punto de vista de la cooperación ante situaciones muy diversas, desde los desastres naturales y las pandemias al crimen transnacional y el terrorismo, pero también amenazas a la seguridad nacional, regional e internacional.

Todo esto nos exige compatibilizar los escenarios de hoy con una clara voluntad de subordinación de la fuerza militar al mando civil, evitando cualquier tentación de extender su actividad a tareas que no son compatibles con su naturaleza.

Creo que esos riesgos han sido superados por los sucesivos acuerdos alcanzados en esta materia por los Estados que componen nuestro sistema interamericano. En particular aquellos materializados en la Trigésimo Segunda Asamblea General de la OEA, realizada en Bridgetown, Barbados, en 2002 y, especialmente, los que se lograron en la Conferencia Especial Sobre Seguridad, realizada en la Ciudad de México en 2003, en la que se llegó a una definición de seguridad multidimensional que permite superar, a mi juicio, la aparente contradicción entre amplitud y coherencia, por la vía de identificar conjuntos de situaciones que una política de seguridad debe enfrentar.

Esta necesidad de una acción conjunta de instituciones y actores sociales ha estado presente en el espíritu y la letra de nuestras principales declaraciones sobre la materia, desde la Declaración de Santiago de 1991. Está presente en los “Principios de Williamsburg”, alcanzados en la Primera Conferencia de Ministros de Defensa en 1995. De manera especial, está presente en el denominado “espíritu de Williamsburg” que estuvo detrás de esos acuerdos, y que llamaban a consolidar la democracia como única opción para preservar la seguridad del hemisferio, a perfeccionar la conducción política de la defensa para generar una subordinación real al poder político, y a retomar la preparación y capacitación de civiles, para que las instancias de conducción política de la defensa tuvieran también una capacidad real de ejercerla y actuar con transparencia en relación a estas materias.

El espíritu democrático y de subordinación de la actividad militar a la autoridad política, así como la visión inclusiva del conjunto de problemas y situaciones que constituyen amenazas para la seguridad en nuestro hemisferio, promueven y facilitan la acción conjunta de instituciones y actores sociales para enfrentar esas amenazas.

La amenaza multidimensional a la seguridad exige una reacción conjunta y coordinada de instituciones como los Ministerios de Defensa, de Relaciones Exteriores, de Justicia y de Seguridad o Interior. Con ello se hace crecientemente imprescindible la colaboración de la sociedad civil organizada, como soporte y complemento de la acción institucional.

Como he recordado en otras ocasiones, la Conferencia Especial sobre Seguridad, realizada en Ciudad de México en 2003, señaló específicamente que “el fundamento y razón de ser de la seguridad es la protección de la persona humana”.

En ese marco hemos identificado un conjunto amplio de situaciones que amenazan la seguridad de los ciudadanos de nuestra región, cuya eliminación requiere de la acción concertada de muchos actores, entre los cuales están de manera importante las fuerzas armadas. Ello ha llevado a que, sin descuidar su cometido esencial, que tiene relación con la defensa ante amenazas externas, las fuerzas armadas hayan desarrollado otras importantes capacidades y se desempeñen hoy como complemento de la acción de otros organismos del Estado en el desarrollo de la infraestructura física, en la integración de regiones apartadas, en la asistencia ante situaciones de catástrofe, en campañas sanitarias y de alfabetización, y realizando aportes significativos al desarrollo científico y tecnológico.

Este año se inició con algunas difíciles situaciones en esta materia, y aprovecho este momento para agradecer la presencia de los contingentes de numerosos países de nuestra región en Haití y la cooperación que han prestado para enfrentar esa tremenda tragedia, que ha costado casi 250 mil vidas. Reconozco también el papel que han jugado las fuerzas armadas de Chile en el desastre que se vivió en ese país este año, y la cooperación que han recibido de las fuerzas armadas de otros países en las operaciones de rescate y de ayuda a las víctimas.

Otros países recientemente han sido heridos por fuerzas similares, pero podemos estar seguros de que sus fuerzas armadas, apoyadas por el resto de la región, han estado dispuestas a poner todas sus capacidades, tecnología y tenacidad propias de la profesión militar, al servicio de la mitigación de los dolores de estas tragedias, a la provisión de seguridad y abrigo, y a la colaboración en las tareas de reconstrucción.

Estos compromisos probablemente sean la mejor manera de ejemplificar hoy el concepto de seguridad multidimensional que nos guía. La noción de que un hemisferio seguro es un hemisferio de seres humanos libres de necesidades, pero también libres de miedos. En función de este concepto, podemos afirmar que, para la OEA, la preocupación principal de la seguridad son las personas.

No puedo dejar de recordar aquí que, en algunos países, las fuerzas armadas han debido asumir tareas importantes en el plan interno por razón de la expansión de la amenaza armada del narcotráfico y de las bandas criminales. Ese es un tema sobre el cual –como bien sabemos- nuestros países no tienen una doctrina común y en relación al cual, por lo tanto, debemos respetar que las necesidades de cada país vayan determinando cuál es el papel que les corresponde jugar a las fuerzas armadas en la tarea, sin tratar de sentar una pauta de acción común para todos ellos.

Fue siguiendo estos nuevos enfoques que la Secretaría General de la OEA creó en el año 2005 la Secretaría de Seguridad Multidimensional como una de sus áreas prioritarias de gestión. Siguiendo este paradigma, se modificó también el Estatuto de la Junta Interamericana de Defensa, hoy orgánicamente vinculada a la Organización de los Estados Americanos.

En ese mismo marco, y en el contexto proporcionado por su Estatuto, la Junta Interamericana de Defensa ha sido muy eficaz en las tareas que se le han encomendado. Ha cooperado con los Estados en la elaboración de los “Libros Blancos de la Defensa Nacional” -que han traído transparencia en la información y justificación de las adquisiciones de armamentos-, ha participado en campañas y acciones que hemos desarrollado con ocasión de catástrofes naturales y –lo quiero destacar de manera especial- la importante acción en el desminado humanitario en muchos países de nuestra región, y que nos llevara a declarar este año a Centroamérica como una zona libre de minas antipersonal. La Junta Interamericana de Defensa ha colaborado también con la Secretaría de Seguridad Multidimensional en el análisis de las notificaciones de los Estados Miembros sobre su aplicación de las medidas de fomento a la confianza y la seguridad. Hace apenas unos días, el pasado 15 y 16 de Noviembre, se llevó a cabo el Cuarto Foro sobre Medidas de Confianza y Seguridad en Lima, Perú.

Por esa razón, hace ya dos años, en Banff, ofrecí poner a la Secretaría General de la OEA y su organismo técnico fundamental, la Junta Interamericana de Defensa, como sede de la memoria institucional de esta Conferencia. Con agrado veo que han depositado en la Junta Interamericana de Defensa dicha responsabilidad. Hoy reitero ante ustedes nuestra disposición a que esta Junta, entidad técnica asesora dependiente del más alto nivel de la Secretaría General de la OEA, pueda cumplir funciones como Secretaría Ejecutiva de esta Reunión de Ministros de Defensa.

Somos la principal Organización política del hemisferio, la única que reúne a todos los Estados representados en esta Conferencia. Nuestra misión es custodiar los elevados ideales del sistema interamericano y actuar como depositarios de los importantes instrumentos jurídicos que permiten lograr la resolución pacífica de las controversias. Actuamos ya como Secretaría de las reuniones ministeriales interamericanas de Educación, Energía, Medio Ambiente, Transporte, Trabajo, Justicia, Relaciones Exteriores y Seguridad Pública. Siendo la OEA, como es natural, la casa de los Estados Americanos, es lógico que albergue y facilite las reuniones y la coordinación de las principales instituciones de esos Estados.

En los próximos meses deberemos iniciar un importante trabajo de adaptación de nuestra Junta Interamericana, para integrarla mejor dentro de la OEA y ponerla en condiciones de cumplir las tareas que le corresponden como órgano especializado dentro de nuestra organización. Una orientación clara de los Ministros de Defensa reunidos hoy aquí nos sería de gran utilidad en este plano.

No me queda más que desearles suerte y mucho éxito en sus deliberaciones.