Guatemala

MITOS Y LEYENDAS

El TZITZIMITE Y LAS MULAS DEL ZAPOTE

Cuando en la finca "El Zapote" se inicio la fabricación de la cerveza, esta se repartía en carretas tiradas por mulas. Sebastián Castillo era el encargado de cuidarlas, y dormía cerca del establo, justo en el lugar donde hoy se puede contemplar el Templo de Santa Delfina de Signe.

Un viernes por la noche, Sebastián escucho un gran alboroto en los corrales y se levanto. Cogió su lampara de aceite, su escopeta vieja, y se fue a enterarse de aquel escándalo. Cuando llegó, vio que las mulas estaban encabritadas y echaban espuma por la trompa. Busco por todas partes pero no descubrió nada.

Intrigado por tan extraño suceso, se fue a acostar. Y el ruido siguió toda la noche. Al amanecer, cuando fueron a enganchar las mulas, las encontraron con todas las crines trenzadas, con unas trencitas minúsculas primorosamente elaboradas.

Desde ese día, las mulas se volvieron perezosas y cuando salían a repartir la cerveza, daban un paso hoy y otro mañana, aunque se les azotara.

Cansado de escuchar los reproches de los demás muleros, Sebastián les contó lo que sucedía cada noche y les propuso a dos de ellos, Enrique y Cesar, que se quedaran a velar con él. Ellos aceptaron y se entretuvieron jugando naipes.

A media noche, escucharon los ladridos temblorosos de los perros, el cacarear destemplado de las gallinas y los cantos chillones de los gallos. Soplaba un viento que tocaba música en los cañaverales y un frío que helaba hasta los huesos.

Salieron a ver, sigilosos y alertas. Tremendo susto se llevaron cuando vieron sobre una mula un hombrecito. Era pequeño, moreno, bigotudo, vestía de negro con un cinturón que brillaba mucho y unas espuelas de plata. Cabalgaba sobre una mula y le jalaba la rienda, haciéndola que parara en dos patas.

- Ahora caigo - dijo Sebastián- por que razón estas babosas en el día se vuelven perezosas.

- ¡Si pues! - exclamaron sus compañeros -.

Los muchachos trataron de espantar al Tzitzimite, que así le llama la gente a este hombrecito retozón que sale por las noches a molestar a las mulas y los caballos. Pero se les hizo invisible. Entonces regresaron a su casa a desayunar, y les recomendaron a los demás muleros que no azotaran a las mulas.

Todo el santo día se pasaron buscando la forma de engañar al Tzitzimite y al fin la encontraron. Por la tarde se fueron a esconder las mulas a un establo improvisado; y en su lugar pusieron cinco caballos de madera que les alquiló un escultor que vivía por la avenida Elena.

Cuando entro la noche, mientras jugaban cartas, escucharon nuevamente un gran ruido y fueron a ver. Sobre un caballo de madera el Tzitzimite trataba en vano de trenzarlo. Como estaba furioso, tiro de la rienda con todas sus fuerzas y cayo de culumbron con todo y caballo. Mientras tanto, Sebastián y sus compañeros no pudieron aguantar mas la risa y estallaron en un escandaloso festín de carcajadas.

El Tzitzimite vio para todos lados, y al no descubrir a ninguno, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Y nunca mas volvió por aquel lugar.

 

EL SOMBRERON

Se cuenta que hace muchos pero muchos años, existió una joven muy hermosa y buena llamada Celina. Celina tenía los ojos negros y grandes y el pelo largo y ondulado. Todos la admiraban.

Un día, como a las seis de la tarde, aparecieron en la esquina de la casa de Celina cuatro mulas amarradas. Pasaron por allí dos vecinas y una de ellas dijo: "¡Qué raro! ¿No serán las mulas del sombrerón?". "¡Dios nos libre!" dijo la otra, y salieron corriendo.

A esa hora, Celina comenzaba a dormirse porque ya se sentía muy cansada. Entonces comenzó a oír una música muy bonita y una voz muy dulce que decía: "eres palomita blanca como la flor de limón, sino me das tu palabra me moriré de pasión"

Desde ese día, todas las noches, Celina esperaba con alegría esa música que sólo ella escuchaba. Un día no aguantó la curiosidad y se asomó a la ventana y cual siendo la sorpresa, ver a un hombrecillo que calzaba botitas de piel muy brillante con espuelas de oro, que cantaba y bailaba con su guitarra de plata, frente a su ventana.

Desde entonces, Celina no dejó de pensar en aquel hombrecito. Ya no comía, sólo vivía esperando en momento de volverlo a escuchar. Ese hombrecito la había embrujado.

Al darse cuenta los vecinos, aconsejaron a los padres de Celina que la llevaran a un convento para poderla salvar, porque ese hombrecito era el "puritito duende". Entonces Celina, fue llevada al convento donde cada día seguía más triste, extrañando las canciones y esa bonita música. Mientras tanto el hombrecito se volvía loco, buscándola por todas partes.

Por fin la bella Celina no soportó la tristeza y murió el día de Santa Cecilisa. Su cuerpo fue llevado a la casa para velarlo. De repente se escuchó un llanto muy triste. Era el sombrerón, que con gran dolor llegaba a cantarle a su amada: "ay... ay... mañana cuando te vayas voy a salir al camino para llevarte el pañuelo de lágrimas y suspiros"

Los que vieron al sombrerón cuentan que gruesas lágrimas rodaban mientras cantaba: "estoy al mal tan hecho que desde aquí mi amor perdí, que el mal me parece bien y el bien es mal para mí". Toda la gente lloraba al ver su sufrimiento. Y cuentan que para el día de Santa Cecilia, siempre se ven las cuatro mulas cerca de la tumba de Celina y se escucha un dulce canto: "corazón de palo santo ramo de limón florido ¿por qué dejas en el olvido a quien te quiera tanto?"

Y se dice que el sombrerón nunca olvida a las mujeres que ha querido.


EL PUENTE DE LOS ESCLAVOS

En Guatemala, a unos 3 Km. de la ciudad Cuilapa, se encuentra uno de los puentes más antiguos de América. Es "el puente de los esclavos", construido hace mas de 400 años. Cerca del puente hay un pueblo llamado "los esclavos". Hace varios siglos, los pobladores de ese lugar fueron esclavizados por los españoles. Cuenta la leyenda que hace muchos años vivía allí un señor en una gran hacienda con muchos esclavos. El señor castigaba cruelmente a los que descuidaban el trabajo. Sucedió que un ternero murió por descuido de un esclavo. El pobre hombre temía tanto a su amo, que, desesperado, invoco al diablo. Y el diablo se le presento.

El esclavo le contó su desventura y el diablo vio en aquel pobre hombre a un alma buena que valía la pena arrebatarle a Jesucristo. A cambio de su alma, el diablo le ofreció que pidiera cualquier cosa. El esclavo pidió que hiciera un puente en la hacienda de su amo, pensando que tal vez así le perdonaría el castigo, pues allí hacía mucha falta un puente. El diablo estuvo de acuerdo. Llamó a los otros diablos y juntos empezaron el trabajo. Al día siguiente el esclavo fue al río y encontró el puente terminado. El diablo estaba contemplando su obra y el hombre se le acerco silenciosamente y le puso una cruz bendita frente los ojos. El diablo lanzó un grito y arranco de dos patadas una piedra del puente y desapareció con sus ayudantes. De esta forma el esclavo salvo así su alma.

Cuentan que aquella piedra que le falta al puente desaparece cada vez que alguien la pone en su lugar.

En realidad, el puente de los esclavos fue construido para facilitar el paso por el río de los esclavos a los comerciantes que viajaban a El Salvador y Honduras. El Gobernador Pedro Mayen de la Rueda fue quien ordenó que se construyera el puente. Los trabajos se iniciaron el 17 de febrero de 1592. Para pagar los gastos de construcción se le puso un impuesto de dos quetzales a cada botella de vino. Así que el consumo de vino fue realmente el que pago la obra. Tal vez, la gente de aquellos tiempos al ver que el puente fue construido con la ayuda de un vicio, dijo que el mismo diablo lo había hecho.