Discursos

JOSÉ MIGUEL INSULZA, SECRETARIO GENERAL DE LA ORGANIZACION DE LOS ESTADOS AMERICANOS
SESION PROTOCOLAR DEL CONSEJO PERMANENTE PARA CELEBRAR EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

12 de octubre de 2007 - Washington, DC


Celebramos hoy, nuevamente, la gloria del encuentro de dos mundos.

Saludamos especialmente al Reino de España que decidió hacer de esta efeméride su día nacional, ligando así de manera indisoluble su pasado y su futuro al de esta América a cuyas costas, cordilleras, selvas y planicies llegaron primeros los hijos de esa gran nación.

Festejamos con esta celebración la grandeza del momento en que Europa y América unieron sus destinos para dar lugar a un proceso de integración de lo que hasta entonces habían sido historias particulares. El momento de inicio de una historia que a partir de ese instante fue común.

Porque el grito del marinero proclamando la buena nueva de la tierra por fin avistada, fue también el primer anuncio del hecho cultural por excelencia de la especie humana: la inauguración de una historia realmente universal.

Por eso hoy celebramos también el proceso que une, en una sola historia, el arribo a tierras americanas de tres frágiles carabelas al mando de un almirante europeo, con la globalización de nuestros días. Una sola historia en la que las realidades de países y regiones terminaron por entrelazarse y fundirse hasta dar lugar a nuestra circunstancia actual en la que la pervivencia misma de la especie humana sobre la faz del planeta, sin distingo de nacionalidades, depende de nuestra capacidad global para entendernos, compartir y asumir responsabilidades comunes.

En esa historia, el continente con que Colón se encontró, sin buscarlo, en su camino al Catay de las especias y la seda, ha ocupado desde entonces un lugar principal y ha inundado al mundo con su cultura. Una cultura que se basa en una diversidad inaugurada por un genovés que vivió parte de su vida adulta en Portugal y que navegaba en nombre de España. Una diversidad cultural que hoy día es el patrimonio común de americanos de origen azteca, español, sioux, africano, eslavo, maya, inglés, apache, chino, portugués, aymara, japonés, caribe, italiano, indio, árabe, mapuche, alemán, polaco, quechua, francés y muchos más que conforman este macrocosmos que es América y al que, sin exagerar, podemos decir que han contribuido todas las culturas y todas las razas que pueblan nuestro planeta.

Esa es quizá la mayor riqueza de América: ser, en esa amalgama de razas y culturas, la expresión humana de la historia universal que se inauguró con su encuentro con Europa. En esa diversidad se encuentra también su fortaleza y su mayor contribución a la actividad civilizatoria del ser humano.

Octavio Paz nos dijo una vez que civilización no es solo un sistema de valores; que es un mundo de formas y conductas, de reglas y excepciones. Que es la parte visible de una sociedad –instituciones, monumentos, obras- pero sobre todo es su parte sumergida, invisible: las creencias, los deseos, los miedos, los sueños.

Si es así, América es portadora de una civilización de carácter universal. Porque entre nosotros conviven todas las creencias, todos los deseos, todos los sueños y quizá, también, todos los miedos. En el continente que se integró al mundo ese 12 de octubre de 1492 coexisten hoy las más diversas maneras de vivir, convivir y morir; las más diversas formas de practicar la cortesía y la injuria; de respetar a los muertos y tratar con los fantasmas; de trabajar y descansar; de castigar y premiar. Somos una civilización que integra a todas las civilizaciones.

Es verdad que somos, también, un continente pletórico de los desequilibrios y contrastes que caracterizan al mundo de hoy. Que junto a los países más ricos y poderosos del mundo podemos encontrar entre nosotros a los más pobres y vulnerables. Que en algunos de nuestros países conviven analfabetas y poetas premiados; chozas de barro y plantas de energía nuclear.

Es nuestro desafío. Por eso en el momento de celebrar el instante en que todo empezó, es justo que reiteremos nuestro compromiso de llevar al ámbito económico y social la proeza civilizatoria que se inauguró ese día en que dos mundos se encontraron. Que renovemos nuestra decisión de ser uno solo, americanos y europeos, americanos del norte y del sur, en la tarea de derrotar la pobreza, la ignorancia y la violencia.

Nuestra unión, la Organización de los Estados Americanos, es el espacio natural para emprender esa tarea. Somos la Organización multilateral más antigua del mundo con vocación integradora y fraterna. Todas las naciones de América forman parte de nuestra Organización y a ella concurren, solidarios, países de Europa, Asia y África; del Lejano y del Cercano Oriente. Somos dignos herederos de la vocación integradora y universalista inaugurada ese 12 de octubre de 1492. Celebremos por ello este día, juntamente, el inicio de la integración de todos los seres humanos en una historia única y universal y la reiteración de nuestro compromiso de seguir bregando por hacer de toda América un mundo de prosperidad, de justicia y libertad.