Inmediatamente después de la
Segunda Guerra Mundial, con las ciudades alemanas en ruinas, la tarea
monumental de la reconstrucción fue iniciada por las mujeres, la única
mano de obra disponible en un país con millones de hombres muertos,
prisioneros o en hospitales. En Berlín de 1945, las Trümmerfrauen
(mujeres de los escombros) limpiaron la ciudad, juntando con sus
manos ladrillo por ladrillo durante años. Se calcula que legiones de
mujeres juntaron cinco mil millones de piezas de escombros.
Estas imágenes de mujeres trabajando activamente no son exclusivas
de la Alemania de posguerra. Conflictos recientes revelan cómo todo
proceso de reconstrucción requiere su participación.
En Alemania, las mujeres proveyeron la mano de obra para
reconstruir, físicamente, las ciudades. En la historia reciente, ellas
han tenido otras formas de participación en la reconstrucción.
Consideremos, por ejemplo, Ruanda, país que me es caro, en mi
calidad de jueza internacional para ese Estado. Inmediatamente después
de la masacre de los cien días, que dejó más de medio millón de
muertos, el setenta por ciento de los sobrevivientes eran mujeres. Al
igual que las mujeres de Alemania, las ruandesas se arremangaron y se
pusieron a trabajar. Enterraron a sus muertos, buscaron alojamiento
para casi 500.000 huérfanos, tomaron a su cargo oficios no
tradicionales, como la fabricación de ladrillos y la construcción. Hoy
en día, las mujeres representan el cincuenta y cuatro por ciento de la
población y la mayoría entre los adultos que trabajan. Tienen a su
cargo un tercio de los hogares y la crianza de sus hijos, además de
producir la mayor parte de los alimentos de su país.
Ruanda se distingue, además, por el número sin precedente de
mujeres en los cargos públicos. Las mujeres de Ruanda han logrado
participar en la tarea de gobernar el país. La recientemente
ratificada Constitución les garantiza un mínimo del treinta por ciento
de los cargos decisivos. Y en las primeras elecciones presidenciales y
parlamentarias, el país africano estuvo primero en el ranking de la
Unión Interparlamentaria Mundial. Las mujeres ahora ocupan más del
cuarenta y ocho por ciento de la Asamblea Nacional, lo que hace que el
país sea el que está más cerca de la paridad entre géneros en los
parlamentos nacionales. El gobierno de Ruanda las incorporó por la
influencia que de hecho ejercían. Participaron, asimismo, en la
redacción de la Constitución.
Como contrapartida, en Irak las mujeres están excluidas de los
procesos de decisión y de la vida política en general. Unicamente tres
mujeres integran el Consejo de Gobiernointerino, formado por
veinticinco miembros. Por lo demás, quienes participan en el comité de
redacción de la nueva Constitución son todos hombres.
A pesar de ello, las mujeres de Irak forman uno de los sectores más
organizados de la sociedad civil. Presionan ante la autoridad de la
coalición y ante el Consejo de Gobierno, administran decenas de
organizaciones y son proveedoras de servicios y entrenamiento. Abren
orfanatos y dictan clases.
El recientemente creado Alto Consejo de las mujeres de Irak promete
ser una fuerza tendiente a incrementar la participación femenina en el
gobierno y a monitorear la integración femenina en la agenda política
del país. En los últimos meses, se han celebrado reuniones de unas 250
mujeres de diferentes orígenes. Su meta es una Constitución que
incluya una sección sobre sus derechos. Tal vez a su activismo se deba
que el artículo 30 de la reciente Constitución interina les garantice
un mínimo del veinticinco por ciento de participación en la Asamblea
Nacional.
Por más devastador que sea el conflicto armado, cuando cesa ofrece
una oportunidad histórica, única, de reformular modelos de gobierno
debido a la desintegración de las estructuras sociales preexistentes.
Las mujeres, en los períodos posteriores al conflicto, tienen la
oportunidad de colaborar en el diseño y la subsiguiente forma de
instrumentar su integración en todos los niveles participativos. Tal
vez sólo cuando los modelos preexistentes han mostrado ser tan
deficientes que el conflicto armado aparece, pueden nuevos modelos
emerger con vigor.
En octubre de 2000, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
reconoció la contribución de las mujeres en los procesos de
reconstrucción y adoptó la resolución 1323, para que los Estados
miembros incrementaran la representación de mujeres en los organismos
ejecutivos y legislativos de los ámbitos nacional, regional e
internacional.
Pero, con pocas excepciones, la comunidad internacional ha
resistido la aplicación de medidas que aseguren la participación
femenina después de los conflictos, y no condiciona la ayuda monetaria
a la inclusión de un sistema de cuotas en los ámbitos de gobierno,
judicial y de educación. No obstante, el vital funcionamiento de las
instituciones reclama que en el poder haya diversidad de géneros.
La autora es jueza de la Cámara de Apelaciones de los tribunales
penales internacionales para la ex Yugoslavia y Ruanda.