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HISTORIA DE LA CIM

La CIM crece con el Sistema Interamericano

Al poco tiempo de su independencia, los países del Caribe angloparlante solicitaron ingresar a la OEA y a la CIM. A medida que aumentaba el número de países miembros de la OEA, después de 1967, con la incorporación gradual de las naciones del Caribe, también iba creciendo el número de miembros en la CIM. Con el ingreso de Guyana y Belice a la OEA en 1990, todas las naciones independientes de las Américas quedaron representadas en la CIM.
Desde los salones del parlamento hasta los almacenes rurales, y desde hace tiempo, la mujer del Caribe participa en el debate político e incide en la opinión pública. Por ello, las delegadas del Caribe han desempeñado un papel preponderante en la CIM. En los debates sobre derechos civiles, la salud y los problemas de la violencia contra la mujer, han contribuido con su propia perspectiva y su apoyo adicional a la constante lucha por los derechos de la mujer.

Canadá, que se incorporó a la OEA en 1989, ha dado un apoyo decidido a la CIM y sus actividades desde que ingresó como Observador Permanente de la Organización en 1972.

La mujer y el desarrollo

La búsqueda de oportunidades educativas para la mujer y la utilización de esa educación para lograr la extensión de los derechos civiles y políticos era una tarea fundamental para las feministas de las Américas y para las fundadoras de la CIM. Las líderes de la CIM consideraban que era esencial apoyar la educación "moral, intelectual y física" de la mujer para ayudarla a obtener y ejercer los derechos que le correspondían. El igual acceso de la mujer a la educación en todos los niveles, académico, técnico, comercial, formal, informal, científico, político, doméstico o universitario, era y continúa siendo uno de los principales objetivos de la CIM.

El mandato de la CIM, tal cual se estableció en 1947, estipula que:    El desarrollo económico y social de nuestros países requiere, en ese esfuerzo, de la activa participación de mujeres capacitadas científica o técnicamente.

En los años cincuenta, con la batalla por el sufragio femenino en las Américas casi ganada, las prioridades de la CIM se volcaron hacia los derechos sociales y económicos. El cambio representaba una comprensión más cabal de las desigualdades por razón de género y de origen, así como de las medidas necesarias para mejorar la situación de la mujer.

Los esfuerzos de la CIM llevaron a una concientización más profunda de la realidad que la mayoría de las mujeres de América Latina y el Caribe confrontaban: la "doble jornada de trabajo" y la necesidad de legislación social que les garantizara una remuneración justa y condiciones de trabajo aceptables.

Este enfoque siempre había formado parte del programa de la CIM y de las feministas de la región. En los años sesenta y setenta, junto con el apoyo que los Estados miembros de la OEA brindaban a los esfuerzos de las mujeres para lograr el cumplimiento de lo establecido en las Convenciones de 1948, de obtener la igualdad de derechos políticos y civiles en los Estados miembros de la OEA, la CIM comenzó a fomentar proyectos de cooperación técnica . Los programas de la CIM ofrecían a las mujeres que trabajaban cursos de capacitación organizativa y cooperativa. La CIM apoyaba proyectos que generaran ingresos y que también ofrecieran los medios y la capacitación necesaria para que las mujeres urbanas y rurales lograran modificar su situación. Se hacía hincapié en la igualdad de remuneración por igual trabajo como la base para considerar toda política económica que afectara a la mujer.

 

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