|
UNA
REALIDAD QUE GOLPEA
ASUNTO
PUBLICO, DOLOR PRIVADO
Angelina
Ríos
En
la actualidad, la violencia se constituye en la limitante
principal del desarrollo económico y social de
América Latina. Los expertos consideran este
fenómeno como multicasual.
Las acciones por ende deberán orientarse en
términos generales a diferentes niveles: el de la comunidad,
el del individuo y el del hogar.
El
término violencia se utiliza para descubrir situaciones
muy diversas que según su clasificación, abarca
a la persona que la sufre, el motivo y la naturaleza
de la agresión. Uno
de los trabajos presentado por el Banco Interamericano
de Desarrollo(BID) sostiene que América
Latina es "una de las regiones más violentas del
mundo", con una tasa de homicidios de 30 por cada 100.000
habitantes, estimando que entre el 30 y el 40 por
ciento de las mujeres de la región son víctimas de la
violencia doméstica y que uno de cada cinco días laborables
que pierden las mujeres por razones de salud
es el resultado de problemas relacionados con este
flagelo.
Si
bien la más explícita es la violencia física, la violencia
doméstica reviste otras múltiples formas, tales
como la agresión verbal, la restricción de la libertad
y las conductas que llevan a la discriminación
de la autoestima.
La
violencia contra la mujer que incluye la violencia física,
la sexual, la sicológica y la patrimonial, ocurre
tanto en el ámbito publico como en el privado. Según
los mencionados estudios la violencia doméstica daña
el tejido social y le cuesta entre un 1,6 y un 2 por
ciento del producto bruto a la región en términos de
medidas preventivas y curativas.
En
América Latina las cifras sobre el impacto económico
de la violencia doméstica, aun no están disponibles
en su totalidad.
De
todas formas, la medición del fenómeno en algunos países
del continente arroja cifras que bien pueden ser
aplicables al resto, teniendo en cuenta que aún faltan
datos de incidencias, de naturaleza, de quien los
genera. Muchas de las acciones violentas no son registradas,
ni percibidas socialmente como tales y por
tanto no se conocen.
Es
imperativo iniciar un proceso de medición. Hay que conseguir
la información más detallada de cada uno de los
países de la región, ya que los costos indirectos pueden
superar ampliamente a los costos directos.
Por
ejemplo informes procedentes de Canadá revelan que
este tipo de violencia causa un gasto de unos US$ 1.600
millones anuales, incluyendo atención médica de las
víctimas y las pérdidas de productividad. Mientras que
en Estados Unidos se determinó que las pérdidas anuales
por las mismas causas van entre US$ 10.000 millones
y US$ 67.000 millones.
Aquí,
igualmente falta la medición de la magnitud del
hecho frente a los costos que el problema tiene para
la sociedad, como así su impacto global en los sistemas
de salud, aparatos policiales y regímenes judiciales.
La
forma en que las mujeres viven la violencia no sólo
es invisibilizada, sino además se tolera a través de
las leyes, los medios de comunicación, la educación y
otras instituciones que la legitiman y la justifican.
Al
respecto, la senadora norteamericana Hilary Clinton
afirma en cada conferencia que participa que la
violencia doméstica contra la mujer constituye una de
las violaciones a los derechos humanos mas desvastadoras en las Américas.
Dijo también, que no es un
problema cultural, sino un crimen y que "debemos enseñar
a una generación de familias que las reglas han cambiado, que levantar la
mano en forma violenta no
será ya más tolerado".
El
problema de la violencia doméstica encarado desde la
perspectiva de la violación de los derechos humanos,
debe concitar además un amplio interés de parte
de cada país por sus consecuencias, debiéndose incorporar
a sus políticas de Estado componentes que colaboren
a la prevención y al tratamiento, particularmente
en las áreas de la salud, la justicia, de la
educación y de la instrucción de los jueces en el
tema.
No
hay una política de género en la mayoría de los países,
sólo esfuerzos que pueden tildarse de aislados.
La
legislación por ejemplo en Uruguay le concede a la violencia
doméstica un artículo dentro de la Ley de Seguridad
Ciudadana - ley compuesta por 40 artículos-. La
disposición que se incorporó al Código penal establece:
"El
que por medio de violencias o amenazas prolongadas en
el tiempo, causara una o varias lesiones personales a
persona con la cual tenga o haya tenido una relación afectiva
o de parentesco, con independencia de la existencia
del vínculo legal, será castigado con una pena
de seis a veinticuatro meses de prisión.
La
pena será incrementada de un tercio a la mitad cuando
la víctima fuere una mujer o mediara las mismas circunstancias
tuviera su capacidad física o psíquica disminuida
y que tenga con el agente relación de parentesco
o cohabite con él".
Si
bien en la mayoría de los países esas normas tipifican
la violencia contra la mujer como un delito, aún
se carece de una asignación de recursos presupuestarios
para garantizar el desarrollo de políticas
estatales contra la violencia en forma sistemática,
planificada e integral, cuyo contexto macrosocial
debe asociarse a una mejor educación para la
población, unido a un crecimiento económico equitativo
para reducir a la pobreza.
Recientemente
en una reunión, realizada en Uruguay con la
participación de expertas de Argentina, Bolivia,
Brasil, Chile, Paraguay y el país anfitrión, se
realizó un análisis sobre la violencia contra la mujer.
Allí, entre otros puntos, una jueza
uruguaya subrayó con especial hincapié el
hecho que "aún nos tiembla la mano"
cuando debemos procesar a quien a efectuado un
acto violento contra alguna mujer. No siendo así en los
delitos de otra naturaleza.
El
objetivo del simposio, organizado por la Comisión Interamericana
de Mujeres de la Organización de los Estados
Americanos (OEA), con la colaboración del Instituto
Latino Americano de Naciones Unidas para la Prevención
del Delito y Tratamiento del Delincuente (ILANUD)
y el Centro Internacional para la Reforma del Derecho
Penal y la Política en Materia e Justicia Penal(ICCLR),
se concentró en la revisión y aplicación de
la Convención de Belén do Pará (Brasil) que trata la prevención, sanción y erradicación de la violencia
contra
la mujer. Los Estados miembros, en esta oportunidad
se comprometieron y posteriormente ratificaron el acuerdo.
Transcurridos
más de cinco años la CIM a través de estas
jornadas que se irán realizando por subregiones, esta
examinando y verificando los avances obtenidos en la
materia y los obstáculos que persisten para la aplicación
de la Convención.
Este
proceso iniciado en Uruguay, es el primero de cuatro
a desarrollarse en la región. En estos encuentros
se trata de definir líneas conjuntas de acción
a seguir e instrumentar. Las
conclusiones se basaron principalmente en los obstáculos
que continúan impidiendo los resultados en el
tratamiento del fenómeno.
Se
registró una insuficiencia de recursos destinados a
la prevención, a la atención de las víctimas de violencia
y al desarrollo de las políticas públicas que
garanticen la permanencia de abordajes integrales al
tema.
Se
sostuvo además que no existen prácticamente datos estadísticos
y periódicos que permitan saber cabalmente
que ocurre, como ocurre, donde y entre quienes
ocurre, para poder definir las dimensiones del problema
y a partir de allí decidir las acciones que deberán
llevarse a cabo desde los ámbitos involucrados:
justicia, policía, salud y educación.
También
se destacó la falta de capacitación y conocimiento
de los diversos operadores que intervienen
cuando se plantea una situación de violencia
y la falta de servicios integrales que contemplen
la atención, el seguimiento y la rehabilitación
de víctimas y de victimarios.
Se
notó una articulación insuficiente entre los Estados
y las instituciones de la sociedad civil que trabajan
en la temática. En
cuanto a los avances se destacó el hecho que aumentó
en los países la sensibilización y concientización
hacia el problema, comprendiendo que el
fenómeno de la violencia contra la mujer es un producto
de relaciones de poder desiguales entre las personas.
Así
pues la violencia no es un instinto, no es un reflejo
ni tampoco una conducta necesaria para la supervivencia.
La violencia se aprende en el proceso de sociabilización
a través de la familia, de la escuela, los
medios de comunicación, del grupo de iguales.
De
ahí la necesidad de abordar este fenómeno en forma
integral.
El
objetivo final, que es erradicar la violencia
contra
la mujer, queda a veces relegado. Parece
haberse
disipado en cierta manera el impulso que
existió
para sustentar cambios significativos.
El
tiempo enseñó a las mujeres a vivir con el
problema
y a la sociedad a tolerarlo, en lugar de que
emerja
a través de los Estados una renovada determinación
para eliminarlo de raíz.
La
Comisión Interamericana de Mujeres de la Organización
de los Estados Americanos ya arribó casi a
un siglo de lucha por los derechos de la mujer en el
continente.
¿Cuánto
tiempo más habrá que esperar?
CIFRAS
MAS RECIENTES
Un
estudio realizado en Nicaragua por los expertos del
BID,
arrojó resultados que podrían reflejar lo que en la
actualidad sucede en la región.
·
El 32,8 por ciento de las mujeres entre 16 y 49 años son
víctimas de violencia física severa(golpes, lanzamiento
de objetos, uso de instrumentos cortopunzantes,
quemaduras y empujones fuertes).
·
El 45 por ciento de las mujeres sufren amenazas, gritos,
insultos, o presencian destrucción de sus bienes personales.
·
El 13,8 por ciento de las mujeres informan haber sufrido
moretones como consecuencia de golpes de sus cónyuges.
·
El 63,1 por ciento de los hijos de mujeres víctimas de
violencia física severa han repetido alguna vez un año escolar.
·
Los hijos de víctimas de violencia física abandonan en
promedio general sus estudios escolares.
·
En hogares con violencia física grave sobre la mujer,
los hijos son 100 veces más propensos a ser hospitalizados.
·
El 41 por ciento de las mujeres que no trabajan en forma
remunerada son víctimas de violencia física grave,
mientras que sólo el 10 por ciento de las que trabajan
fuera de sus casas y perciben ingresos no lo son.
|