MEXICO
LA
ATLANTIDA
La leyenda de la Atlántida es Universal y
todos los pueblos del mundo aceptan como hecho, la existencia hace milenios y milenios, de
este maravilloso continente cuya cultura dejó escrita en vagos relatos Homero y los
grandes escritores e historiadores de la antigüedad.
El Océano Atlántico se conecta con la
Atlántida, porque se dice y asegura que allí existió este enorme continente hundido
para siempre; Atl, que significa agua en lengua náhuatl, también se identifica con ese
nombre fabuloso Atl-Atlántida y se cree que de allí vino su voz.
Sin embargo, nadie hasta ahora ha podido
ubicar con certeza el lugar del mar o de la tierra en donde estuvo La Atlántida, que
aseguran fue un país de maravillas, de gran cultura y adelantos científicos.
Se dice que la raza atlante desapareció
para siempre tragada en forma inmisericorde por las aguas, en medio de un cataclismo
espantoso, tan tremendo y destructor como el mismo diluvio y sin embargo, relatos y
leyendas aventuradas hacen suponer que algunas de las razas y pueblos que llegaron a
Mesoamérica - especialmente la maya -, fueron originarios del continente perdido.
Esta aseveración se presta a discusiones y
agrias polémicas puesto que asegura que los teotihuacanos fueron también atlantes y que
los olmecas y que los mixtecos y que muchos habitantes de América, antes de la conquista
llegaron de La Atlántida.
El obstáculo principal para aceptar esta
teoría, la presenta el lenguaje, pues la lengua hablada por mayas, toltecas, mixtecos,
zapotecas, totonacas, teotihuacanos y olmecas eran y siguen siendo distintas y sus
culturas también aunque se han encontrado ciertas semejanzas tanto en sus cuestiones
políticas como religiosas. Pero es que tanto el antropólogo, como el arqueólogo, como
el investigador, piensan en La Atlántida como un solo continente, con una misma cultura y
un mismo idioma, unas mismas costumbres y una sola religión y no hay una cosa más
equivocada, puesto que La Atlántida fue un continente inmenso que se sumergió en las
aguas pero en el cual estaban asentadas varias naciones que hablaban distintas lenguas y
tenían varias costumbres y culturas.
Pueden ser entonces descendientes o
supervivientes de aquellos atlantes, los pueblos que arribaron a Mesoamérica trayendo sus
pasmosas culturas que aún hoy asombran a los más eruditos y los llenan de interrogantes
con respecto a cómo pudieron hacer esto y como lograr a aquellos prodigios de edificios,
de tallado escultórico, de transporte de pesadísimos monolitos y de material de
construcción. Cómo llegaron al conocimiento de la astronomía y la aritmética, y el
calendario y las artes y la orfebrería.
Aceptado esto, debe echarse por tierra la
idea de que los cultos y maravilloso pobladores de Mesoamérica, no fueron producto de la
evolución, que no saltaron de las chozas o de las tribus nómadas a un asentamiento
cultural asombroso, pus tal cosa no se logra en unos miles de años.
¿En dónde estuvo y existió pues la
Atlántida?
Cuentan los viejos más viejos que los
viejos, que allá en los tiempos remotos, cuando el mundo y el mar tenían otra forma,
florecieron por el lado Poniente o sea el Mar Pacífico, una formidable cultura que se
localizaba en el Continente de Lemuria. Los lémures fueron tipos que habían llegado a
una casi perfección en leyes, artes, cultura, religión, sociedad, etc.
Por el lado del Oriente o el pavoroso Mar
Atlántico, estaba el inmenso continente de La Atlántida, en donde también se había
alcanzado un alto grado de madurez cultural, artística, política y de organización
social y religiosa. Se trabajaban los metales preciosos y las piedras finas.
Entonces ocurrió el más formidable
cataclismo de que se tenga memoria. Se levantaron los mares, se revolvieron las montañas,
se hundieron los continentes y surgieron otras tierras y en medio de ese caos espantoso,
algunos lograron sobrevivir, escapar entre los océanos tormentosos abordo de bajeles
abordados a última hora y con gran premura.
Como es lógico suponer, los lémures
arribaron a las costas de lo que hoy es América, en sus costas del Océano Pacífico, que
desde entonces yace quieto y azul. Llevaron sus costumbres y cultura y se asentaron en
tierras que fueron de Incas, en la Isla de Pascua, a lo largo de las costas que les
brindaron asilo y protección, lugar para un nuevo asentamiento.
Por el Golfo de México que es hoy,
arribaron varios grupos de La Atlántida, hombres miembros de pueblos de la misma tierra
pero de distintas naciones y esos pueblos se llamaron olmecas, procedentes de Olman,
tierra del hule, los mayas, los totonacas, los mixtecas o zapotecas. De allí ciertas
diferencias étnicas y de lengua y de costumbres, de cultura. Los teotihuacanos se
adentraron hasta el altiplano, por temor a un nuevo cataclismo que pudiera barrer las
costas, buscando la seguridad de una altura que los mantuviera al margen de un nuevo
desastre.
Tal dicen los viejos más viejos que los
viejos, que no dejaron crónicas escritas ni talladas de este suceso, porque todos estos
pueblos lo sabían y conocían. No hay detalles de esta arribazón de gentes procedentes
de La Atlántida y todos son atlantes como hoy pudieran ser europeos los alemanes,
franceses, ingleses, italianos, etc., que no son idénticos ni en lenguas, ni en
costumbres, ni en sangre.
De allí la divergencia también de las dos
culturas correspondientes a las costas americanas, la peruana, la inca, los viracochas,
los gigantes del Machu Pichu, la cultura del valle de Nasca, los colosales monolitos y
construcciones de Tiahuanaco, en fin.
Dicen los viejos más viejos que los viejos
que todo esto sucedió mucho antes de que los chichimecas, los otomíes y esas tribus
nómadas se unieran en un plan belicoso y destructor, para apoderarse de los grandes
centros culturales y religiosos y destruir esas asombrosas civilizaciones de las que por
fortuna aún nos quedan vestigios sorprendentes.
Esta puede ser la explicación de las
grandes incógnitas de los calendarios, de los numerales, de las cuestiones astronómicas
de cómo pudieron trasladar enormes piedras, bloques, monolitos y construir altos
edificios, haciendo uso de su gran conocimiento de la hidráulica, de la física, de la
mecánica y de todos esos elementos que les facilitaron esas obras titánicas.
Todo esto cuentan los viejos más viejos que
los viejos y aseguran que lo contaban los olmecas, única raza de la cual no se conservan
escritos, de la que se desconoce su lenguaje y sus caracteres ideográficos, porque
decían con gran razón, que todos los pueblos sabían su origen, su tragedia y nadie
olvidaba el gran cataclismo que los arrojó a estas playas.
Eran tiempos en que el mar no estaba en
donde está y la tierra tenía diversas formas, unas formas distintas a las actuales. Esta
es la leyenda que se va deformando y olvidando al paso de los siglos....
Fuente: Leyendas Mexicanas de antes y
despues de la Conquista
Carlos Franco Sodja
Edit. EDAMEX
Los mayas de Yucatán son
sin duda alguna, quienes mejor han conservado su idioma. Si no pueden interpretar, como
tampoco lo ha hecho nadie en el mundo, sus complicados jeroglíficos, verdaderos retos
ideográficos, si mantienen vivo su idioma lleno de firos y genuflexiones extraordinarios
y en su fonética han sabido copiar el vuelo del murciélago dzib y lo que dice el pájaro
Puhuy. Temen al temible Kahazbal y a los Aluxes, pequeños duendecillos del bosque y de
las siembras, porque ellos, los mayas, no han permitido aún la corrupción idiomática
que introdujeron los hispanos que vinieron a hacer confuso todo lo relativo al suelo que
en mal día hollaron.
De esta forma se ha
conservado intacta la hermosa leyenda, una de las más lindas, bellas leyendas yucatecas
de las miles y miles que flotan como el perfume de la flor Xtabentún en el viento tibio
de Mayab, o se esconden en las profundidades cavernosas de los cenotes de donde sale el
agua fresca y clara y los cuentos que perduran en el alma yucateca. Esa leyenda es la que
se refiere a la mujer Xtabay.
Bajo la luna del antiguo
Mayapan, al socaire de los asombrosos templos de los itzaes, he oído repetida esta
leyenda sin que nadie le quite o le aumente a su albedrío, sin que ninguno ose deformarla
y así, como joya de milagrería se conserva para deleite de quien oye o de quien lee esta
historia que como muchas no se ha borrado, no se borrará jamás, porque ha quedado
inscrita en los libros antiguos y en las páginas sagradas del recuerdo Maya.
Dice pues la leyenda que la
mujer tabay es la mujer hermosa, inmensamente bella que suele agradar al viajero que por
las noches se aventura en los caminos del Mayab. Sentada al pie de la más frondosa ceiba
del bosque, lo atrae con cánticos, con frases dulces de amor, lo seduce, lo embruja y
cruelmente lo destruye.
Los cuerpos destrozados de
esos incautos enamorados aparecen al día siguiente con las más horribles huellas de
rasguños, de mordidas y con el pecho abierto por uñas como garras.
Muchos ladinos, gentes que
desconocen el origen verdadero de la mujer Xtabay, han dicho que es hija del Ceibam que
nace de sus torcidas y serpentinas raíces pero eso no es verdad, la auténtica tradición
maya dice que la mujer Xtabay nace de una planta espinosa, punzadora y mala y si es que la
Xtabay aparece junto a las ceibas, es porque este árbol es sagrado para los hijos de la
tierra del faisán y del venado y muchas veces en cobijo y sombra, se acogen bajo sus
ramas, confiados en la protección de tan bello y útil árbol.
Vivían en un cierto pueblo de la península yucateca dos mujeres siendo el nombre de una
de ellas Xkeban o mejor decir su apodo ya que Xkeban quiere decir prostituta, mujer mala o
dada al amor ilícito. Decían que la Xkeban estaba enferma de amor y de pasión y que
todo su afán era prodigar su cuerpo y su belleza que eran prodigiosos, a cuanto mancebo
se lo solicitaba. Su verdadero nombre era Xtabay.
Muy cerca de la casa que ocupaba esta bellísima mujer, habitaba en otra casa bien hecha,
limpia y arreglada continuamente, la consentida del pueblo que llamaban Utz-Colel, que en
la traducción hispana sería mujer buena, mujer decente y limpia. Erase esta mujer la
Utz-Colel, virtuosa y recta, honesta a carta cabal y jamás había cometido ningún desliz
ni el mínimo pecado amoroso.
La Xtabay tenía un corazón tan grande, como su belleza y su bondad la hacía socorrer a
los humildes, amparar al necesitado, curar al enfermo y recoger a los animales que
abandonaban por inútiles. Su grandeza de alma la llevaba hasta poblados lejanos a donde
llegaba para auxiliar al enfermo y se despojaba de las joyas que le daban sus enamorados y
hasta de sus finas vestiduras para cubrir la desnudez de los desheredados.
Jamás levantaba la cabeza
en son altivo, nunca murmuró ni criticó a nadie y con absoluta humildad soportaba los
insultos y humillaciones de las gentes.
En cambio bajo las ropas de
la Ut-Colel se dibujaba la piel dañina de las serpientes, era fría, orgullosa, dura de
corazón y nunca jamás socorría al enfermo y sentía repugnancia por el pobre.
Y ocurrió que un día las gentes odiosas del pueblo no vieron salir de su casa a la
Xkeban y supusieron que andaba por los pueblos ofreciendo su cuerpo y sus pasiones
indignas. Se contentaron de poder descansar de su ignominiosa presencia, pero
transcurrieron días y más días y de pronto por todo el pueblo se esparció un fino
aroma de flores, un perfume delicado y exquisito que lo invadía todo. Nadie se explicaba
de dónde emanaba tan precioso aroma y así, buscando, fueron a dar a la casa de la Xteban
a la que hallaron muerta, abandonada, sola.
Más lo extraordinario era que si la Xkeban no estaba acompañada de personas, varios
animales cuidaban de su cuerpo del que brotaba aquel perfume que envolvía al pueblo.
Entrada la Utz-Colel dijo que esa era una vil mentira, ya que de un cuerpo corrupto y vil
como el de la Xkeban, no podía emanar sino podredumbre y pestilencia, más que si tal
cosa era como todos los vecinos, decían, debía ser cosa de los malos espíritus, del
dios del mal que así continuaba provocando a los hombres.
Agregó la Utz-Colel que si
de mujer tan mala y perversa escapaba en tal caso ese perfume, cuando ella muriera el
perfume que escaparía de su cuerpo sería mucho más aromático y exquisito.
Más por compasión, por lástima y por su deber social, un grupo de gentes del poblado
fue a enterrar a la Xkeban y cuéntase que el día siguiente, su tumba estaba cubierta de
flores aromáticas y hermosas, tan tapizado estaba el túmulo que parecía como si una
cascada de olorosas florecillas hasta entonces desconocidas en el Mayab, hubiera caído
del cielo. La tumba de la Xkeban duró todo el tiempo florecida y olorosa.
Poco después murió la Utz-Colel y a su entierro acudió todo el pueblo que siempre
había ponderado sus virtudes, su honestidad, su recogimiento y cantando y gritando que
había muerto virgen y pura, la enterraron con muchos lloros y mucha pena.
Entonces recordaron lo que había dicho en vida acerca de que al morir, su cadáver
debería exhalar un perfume mucho mejor que el de la Xkeban, pero para asombro de todas
las gentes que la creían buena y recta, comprobaron que a poco de enterrada comenzó a
escapar de la tierra floja, todavía, un hedor insoportable, el olor nauseabundo a
cadáver putrefacto. Toda la gente se retiró asombrada.
En su idioma maya dicen los
viejos que aún cuentan la historia con todos los detalles que debió ocurrir en la
leyenda, que hoy la florecilla que naciera en la tumba de la pecadora Xkeban, es la actual
flor Xtabentún que es una florecilla tan humilde y bella, que se da en forma silvestre en
las cercas y caminos, entre las hojas buidas y tersas del agave. El jugo de esa florecilla
embriaga muy agradablemente, como debió ser el amor embriagador y dulce de la Xkeban.
Tzacam, que es el nombre del
cactus erizado de espinas y de mal olor por ambas cosas, intocable, es la flor que nació
sobre la tumba de la Utz-Colel, es la florecilla si bien hermosa sin aroma alguna y a
veces de olor desagradable, como era el carácter y la falsa virtud de la Utz-Colel.
Esto es lo que ha dicho el
maya y lo sigue repitiendo a través del tiempo, sin cambiarlo, sin ponerle ni quitarle,
como deben conservarse las cosas nuestras, intactas, con las mismas palabras con que
nacieron en el mito, en la leyenda, en el alma de quienes tan dulcemente han tejido estas
historias.
No es pues la Xtabay, la
mujer mal que destruye a los hombres después de atraerlos con engaños al pie de las
frondosas ceibas, pero puede ser otro de esos malos espíritus que rondan por la selva al
acecho del peregrino que cruza los caminos aún poblados de superstición y de leyenda.
Puede ser el ama errante de
una de tantas vírgenes sacrificadas a la orilla del cenote sagrado, puede ser la vaporosa
figura de una mujer que llora el engaño del amado.
Pero la Xtabay, jamás.
Esto dicen las mayas, esto
han contado y seguirán contando los hombres de esa tierra en donde conservan el ritual de
un relato y defienden sus costumbres de una intromisión que aniquilo su cultura
Fuente: Leyendas Mexicanas
de antes y despues de la Conquista
Carlos Franco Sodja
Edit. EDAMEX
QUETZALCOATL
La aparición en
Mesoamérica y específicamente en el Anáhuac, de este personaje alto, rubio, blanco,
barbado y de profunda cultura ha dado margen a la creación de varios mitos y leyendas que
los antropólogos, científicos y exploradores extranjeros han entretejido de una maraña
cada vez más difícil de desenredar. En la mitología Tlahuica, tan confusa como la
Griega, se borda una historia con respecto a Quetzalcóatl, semejante a la del nacimiento
del Rey Salomón, pues se dice en los antiguos códices que Quetzalcóatl fue hijo de una
mujer virgen llamada Chimalma y del Rey-Dios Mixtocóatl, monarca de Tollán. Que
avergonzada por haber dado a luz sin matrimonio, Chimalma puso en una cesta al niño y lo
arrojó al río. (no se sabe a cual) y que unos ancianos lo criaron y educaron, habiendo
llegado a ser un hombre sabio y culto que al regresar a Tollán, se hizo cargo del
gobierno.
Por otra parte se dice que
Quetzalcóatl fue un hombre rubio, blanco, alto, barbado y de grandes conocimientos
científicos, que enseñó a los pobladores de lo que hoy es México, a labrar los
metales, orfebrería, lapidaria, astrología etc. aunque jamás se llegó a saber su
nacionalidad y su procedencia. Cuéntase que habiendo bebido el suave neutle (pulque) se
emborrachó y cometió actos bochornosos después de lo cual decidió marcharse para
siempre tomando el rumbo del Golfo de México o Mar de las Turquesas.
En un suicidio ceremonial al
cual le acompañaban cuatro mancebos sus discípulos, se hundió para siempre, renaciendo
como la estrella de la Mañana y posteriormente adoptando el nombre de Quetzalcóatl, que
quiere decir serpiente emplumada o serpiente de plumaje hermoso.
Los Mayas adoptaron a
Quetzalcóatl como deidad pues hasta allá llevó sus conocimientos y su cultura pasmosa,
colocándole el nombre de Kukulcan, que quiere decir lo mismo, serpiente emplumada o
Votán (que debe haber sido su nombre real) y recibieron de él las más sabias
enseñanzas tanto religiosas como políticas y artísticas.
Se dice que los Toltecas,
Nahoas y Mayas lo deificaron y colocaron su símbolo en todos los palacios, monumentos y
templos de la zona Maya y Mesoamérica en donde aún puede verse, en recuerdo y
veneración de este sabio, que según la tradición mayense, subió al panteón y se
convirtió en la estrella Venus, que también es así identificado por los fantasiosos
arqueólogos.
Ahora bien, cuando las
huestes hispanas llegaron a las tierras veracruzanas al mando del capitán extremeño
Hernán Cortés, y según nos cuentan en sus muy sabrosas crónicas Bernal Díaz del
Castillo, se encontraron con una gran sorpresa que en esos días de codicias y rapiña
desmedidas no le dieron la importancia que tenía y hoy aún, debe tener. Relata el
soldado cronista que llegados a las costas de lo que sería La Nueva España, el Emperador
Moctezuma envió unos tendiles llevando regalos, oro y joyas y muchos ricos presentes que
lejos de hacer que Cortés volviera proa a la mar, lo tentó en ambiciones. Uno de estos
tendiles al ver que uno de los soldados de Cortés tenía un casco de latón que brillaba
al sol, pidió verlo, diciendo que hacía muchos, muchos años, había llegado a la Gran
Tenochitlán un hombre rubio, barbado y blanco, portando un casco semejante; que al
marcharse se los había regalado y los sacerdotes lo colocaron en la cabeza del ídolo
representativo del Dios Huitzilopochtli. Pidió que se le prestara el casco para cotejarlo
con el que tenía puesto su Dios.
Y resultó que el casco dorado que tenía el Dios, era igual al del soldado hispano, sólo
que tenia en ambos lados unos cornezuelos al estilo de los cascos vikingos.
Aquél tendil no solamente
llevó ante Hernán Cortés el dicho casco dorado, sino también a un hombre blanco, alto,
barbado, rubio que se parecía mucho al conquistador, diciendo que su nombre era
Quintalbor, que de ninguna manera es nombre mexicano, maya o correspondiente a ninguno de
los idiomas, que se hablaban en el Nuevo Mundo. Pero en lugar de examinar detenidamente el
casco y si lo hicieron no fue consignada en ninguna de las cartas de relación, tomaron a
chunga y relajo la presencia de aquel hombre barbado, rubio y blanco idéntico a don
Hernán Cortés, al grado de parecer su hijo o su gemelo y desde ese momento lo llamaron
Don Cortés.
Al llegar los conquistadores
a la fabulosa Ciudad de Tenochtitlán, sacerdotes y principales hablaban de un hombre
rubio y barbado semejante a ellos, que hacía muchos años había estado entre ellos y les
había predicho que un día llegarían al país hombres barbados y con armas poderosas
para esclavizar al señorío.
Moctezuma, que según nos
cuenta la historia era un monarca medroso, pusilánime, creyó que con la llegada de
Hernán Cortés y su puñado de rapaces se cumplía la profecía y casi dejó en manos del
puñado de horca hispano, el destino de sus reinos, de su imperio.
Ahora bien, es de suponerse
que Quetzalcoatl no fue aquel misterioso hombre barbado, posiblemente nórdico, que dejó
como recuerdo su casco de vikingo, ya que en ese entonces la Europa no poseía la cultura
y los conocimientos numéricos y calendáricos que poseían los mayas y el mito y la
leyenda se entretejen en una urdimbre impenetrable, se confunden debido a los estudios
antropológicos y arqueológicos hechos en una mayoría por extranjeros.
Tal vez Tollán si tuvo un gobernante sabio y bueno al que llamaron Quetzalcoatl, hijo de
Chimalma y el Rey-Dios Mixcoatl, pero también es muy posible que los sacerdotes y
astrónomos de entonces, al observar los cielos en la forma en que lo hacían, hayan
descubierto que el mundo, su mundo, formaba parte de la Vía Láctea, de esta enorme
galaxia que hoy conocemos y de la cual formamos parte y a la cual daban por nombre
Ixtacmixcoatl que quiere decir "Serpiente salpicada de piedras preciosas o
luceros", serpiente incrustada de diamantes. Y después de sus observaciones le hayan
puesto Quetzalcoatl, serpiente de plumas hermosas y extendido su culto a los habitantes de
Mesoamérica. De allí que en los portentosos edificios de esa antigüedad se hayan
esculpido esos símbolos y reverenciado como deidad, pues a ningún hombre por sabio que
haya sido, se le dio jamás el rango de Dios.
Por último y finalizando
así la leyenda y el mito, al relato, y a las elucubraciones, es preciso asentar que
según algunos arqueólogos, jamás existió la serpiente emplumada, que sería absurdo
una mezcla o yuxtaposición con fines religiosos, de una ave preciosa y un reptil.
Lo que ocurrió y a esto
puede y debe darse el mayor crédito, es que los hombres de aquella civilización tan
avanzada, en su sublimación artística, esculpieron una serpiente con penacho, con garras
de jaguar y crearon una figura monstruosa y bella a la vez, como el mítico dragón de los
chinos en el cual quieren enredar al misterioso y barbaro rubio peregrino, que por lo
menos, ya que su cultura debió haber sido casi completa, pudo haber dejado escrito su
nombre y el de su país en alguno de los muros, frescos o bajorrelieves de templos y
palacios.
Así volvemos a lo mismo.
Quetzalcoatl hombre, Quetzaltcoalt Dios, amalgama absurda de las generaciones actuales.
Incomprensión de lo misterioso de aquellos pueblos que han dado margen a una de las
leyendas más difundidas en América y en el mundo.
Fuente: Leyendas Mexicanas
de antes y despues de la Conquista
Carlos Franco Sodja
Edit. EDAMEX
Las huestes del Imperio
azteca regresaban de la guerra.
Pero no sonaban ni los teponaxtles ni las
caracolas, ni el huéhuetl hacía rebotar sus percusiones en las calles y en los templos.
Tampoco las chirimías esparcían su aflautado tono en el vasto valle del Anáhuac y sobre
el verdiazul espejeante de los cinco lagos (Chalco, Xochimilco, Texcoco, Ecatepec y
Tzompanco) se reflejaba un menguado ejército en derrota. El caballero águila, el
caballero tigre y el que se decía capitán coyote traían sus rodelas rotas y los
penachos destrozados y las ropas tremolando al viento en jirones ensangrentados.
Allá en los cúes y en las fortalezas de
paso estaban apagados los braseros y vacíos de tlecáxitl que era el sahumerio
ceremonial, los enormes pebeteros de barro con la horrible figura de Texcatlipoca el dios
cojo de la guerra. Los estándares recogidos y el consejo de los Yopica que eran los
viejos y sabios maestros del arte de la estrategia, aguardaban ansiosos la llegada de los
guerreros para oír de sus propios labios la explicación de su vergonzosa derrota.
Hacía largo tiempo que un grande y bien
armando contingente de guerreros aztecas había salido en son de conquista a las tierras
del Sur, allá en donde moraban los Ulmecas, los Xicalanca, los Zapotecas y los Vixtotis a
quienes era preciso ungir al ya enorme señorío del Anáhuac. Dos ciclos lunares habían
transcurrido y se pensaba ya en un asentamiento de conquista, sin embargo ahora regresaban
los guerreros abatidos y llenos de vergüenza.
Durante dos lunas habían luchado con
denuedo, sin dar ni pedir tregua alguna, pero a pesar de su valiente lucha y sus
conocimientos de guerra aprendidos en el Calmecac, que era así llamada la Academia de la
Guerra, volvían diezmados, con las mazas rotas, las macanas desdentadas, maltrechos los
escudos aunque ensangrentados con la sangre de sus enemigos.
Venía al frente de esta hueste triste y
desencantada, un guerrero azteca que a pesar de las desgarraduras de sus ropas y del
revuelto penacho de plumas multicolores, conservaba su gallardía, su altivez y el orgullo
de su estirpe.
Ocultaban los hombres sus rostros embijados
y las mujeres lloraban y corrían a esconder a sus hijos para que no fueran testigos de su
retorno deshonroso.
Sólo una mujer no lloraba, atónita miraba
con asombro al bizarro guerrero azteca que con su talante altivo y ojo sereno quería
demostrar que había luchado y perdido en buena lid contra un abrumador número de hombres
de las razas del Sur.
La mujer palideció y su rostro se tornó
blanco como el lirio de los lagos, al sentir la mirada del guerrero azteca que clavó en
ella sus ojos vivaces, oscuros. Y Xochiquétzal, que así se llamaba la mujer y que quiere
decir hermosa flor, sintió que se marchitaba de improviso, porque aquel guerrero azteca
era su amado y le había jurado amor eterno.
Se revolvió furiosa Xichoquétzal para ver
con odio profundo al tlaxcalteca que la había hecho su esposa una semana antes,
jurándole y llenándola de engaños diciéndole que el guerrero azteca, su dulce amado,
había caído muerto en la guerra contra los zapotecas.
--¡Me has mentido, hombre vil y más
ponzoñoso que el mismo Tzompetlácatl, - que así se llama el escorpión-; me has
engañado para poder casarte conmigo. Pero yo no te amo porque siempre lo he amado a él y
él ha regresado y seguiré amándolo para siempre!
Xochiquétzal lanzó mil denuestos contra el
falaz tlaxcalteca y levantando la orla de su huipil echó a correr por la llanura,
gimiendo su intensa desventura de amor.
Su grácil figura se reflejaba sobre las
irisadas superficies de las aguas del gran lago de Texcoco, cuando el guerrero azteca se
volvió para mirarla. Y la vio correr seguida del marido y pudo comprobar que ella huía
despavorida. Entonces apretó con furia el puño de la macana y separándose de las filas
de guerreros humillados se lanzó en seguimiento de los dos.
Pocos pasos separaban ya a la hermosa
Xochiquétzal del marido despreciable cuando les dio alcance el guerrero azteca.
No hubo ningún intercambio de palabras
porque toda palabra y razón sobraba allí. El tlaxcalteca extrajo el venablo que ocultaba
bajo la tilma y el azteca esgrimió su macana dentada, incrustada de dientes de jaguar y
de Coyámetl que así se llamaba al jabalí.
Chocaron el amor y la mentira.
El venablo con erizada punta de pedernal
buscaba el pecho del guerrero y el azteca mandaba furioso golpes de macana en dirección
del cráneo de quien le había robado a su amada haciendo uso de arteras engañifas.
Y así se fueron yendo, alejándose del
valle, cruzando en la más ruda pelea entre lagunas donde saltaban los ajolotes y las
xochócatl que son las ranitas verdes de las orillas limosas.
Mucho tiempo duró aquél duelo.
El tlaxcalteca defendiendo a su mujer y a su
mentira.
El azteca el amor de la mujer a quien amaba
y por quien tuvo arrestros para regresar vivo al Anáhuac.
Al fin, ya casi al atardecer, el azteca pudo
herir de muerte al tlaxcalteca quien huyó hacia su país, hacia su tierra tal vez en
busca de ayuda para vengarse del azteca.
El vencedor por el amor y la verdad regresó
buscando a su amada Xochiquétzal.
Y la encontró tendida para siempre, muerta
a la mitad del valle, porque una mujer que amó como ella no podía vivir soportando la
pena y la vergüenza de haber sido de otro hombre, cuando en realidad amaba al dueño de
su ser y le había jurado fidelidad eterna.
El guerrero azteca se arrodilló a su lado y
lloró con los ojos y con el alma. Y cortó maravillas y flores de xoxocotzin con las
cuales cubrió el cuerpo inanimado de la hermosa Xochiquétzal.
Corono sus sienes con las fragantes flores
de Yoloxóchitl que es la flor del corazón y trajo un incensario en donde quemó copal.
Llegó el zenzontle también llamado Zenzontletole, porque imita las voces de otros
pajarillos y quiere decir 400 trinos, pues cuatrocientos tonos de cantos dulces lanza esta
avecilla.
Por el cielo en nubarrones cruzó
Tlahuelpoch, que es el mensajero de la muerte.
Y cuenta la leyenda que en un momento dado
se estremeció la tierra y el relámpago atronó el espacio y ocurrió un cataclismo del
que no hablaban las tradiciones orales de los Tlachiques que son los viejos sabios y
adivinos, ni los tlacuilos habían inscrito en sus pasmosos códices. Todo tembló y se
anubló la tierra y cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se hizo
tenebroso y las gentes del Anáhuac se llenaron de pavura.
Al amanecer estaban allí, donde antes era
valle, dos montañas nevadas, una que tenía la forma inconfundible de una mujer recostada
sobre un túmulo de flores blancas y otra alta y elevada adoptando la figura de un
guerrero azteca arrodillado junto a los pies nevados de una impresionante escultura de
hielo.
Las flores de las alturas que llamaban
Tepexóchitl por crecer en las montañas y entre los pinares, junto con el aljófar
mañanero, cubrieron de blanco sudario las faldas de la muerta y pusieron alba blancura de
nieve hermosa en sus senos y en sus muslos y la cubrieron toda de armiño.
Desde entonces, esos dos volcanes que hoy
vigilan el hermoso valle del Anáhuac, tuvieron por nombres Iztaccihuatl que quiere decir
mujer dormida y Popocatepetl, que se traduce por montaña que humea, ya que a veces suele
escapar humo del inmenso pebetero.
En cuanto al cobarde engañador tlaxcalteca,
según dice también esta leyenda, fue a morir desorientado muy cerca de su tierra y
también se hizo montaña y se cubrió de nieve y le pusieron por nombre Poyauteclat, que
quiere decir Señor Crepuscular y posteriormente Citlaltepetl o cerro de la estrella y que
desde allá lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes nunca podrá ya
separar.
Eran los tiempos en que se adoraba al dios
Coyote y al Dios Colibrí y en el panteón azteca las montañas eran dioses y recibían
tributos de flores y de cantos, porque de sus faldas escurre el agua que vivifica y
fertiliza los campos.
Durante muchos años y poco antes de la
conquista, las doncellas muertas en amores desdichados o por mal de amor, eran sepultadas
en las faldas de Iztaccihuatl, de Xochiquétzal, la mujer que murió de pena y de amor y
que hoy yace convertida en nívea montaña de perenne armiño.
Fuente: Leyendas Mexicanas de antes y
despues de la Conquista
Carlos Franco Sodja
Edit. EDAMEX
El
Quinto Sol
El quinto Sol fue creado en Teotihuacan
cuando el dios Nanahuatzin se arrojó a una hoguera y se transformó místicamente en el
sol naciente. Pero al principio estaba inmovil, y los demás dioses sacrificaron su sangre
para proporcionarle energía para el movimiento celeste. Por eso se conoce la quinta era
del mundo como Cuarto movimiento. Su génesis única sentó un precedente mítico para la
idea azteca de que la vida del universo sólo puede prolongarse mediante un sacrificio.
Sin embargo, se trata de una concesión temporal de los dioses, pues los terremotos
destruían también el quinto sol.
El signo Cuatro Movimiento encarnaba el
concepto del sacrificio humano que impregnaba la religión azteca, que encontró
expresión física en el gran calendario de piedra, disco tallado de este material de unos
4 metros de ancho con la imagen central del rostro de Tonatiuh, dios del sol, rodeado por
el signo Cuarto Movimiento. Hallado en 1790 cerca del templo mayor de ciudad de México,
este elemento de complicada factura representaba los elementos de la quinta creación. En
el complejo simbolismo se aprecia la manipulación de la mitología para justificar la
guerra y el sacrificio y expresar estos aspectos de la vida en términos cosmológicos.
Según las creencias Aztecas, la sangre humana contiene una esencia liquida preciosa
denominada Chalchihuatl, único alimento adecuado para los dioses. En torno a la imagen
del dios del sol hay cuatro figuras encerradas que representan los cuatro soles
anteriores, los dedicados al jaguar, el viento, el fuego, el agua y alrededor de ellos
están los emblemas de los signo de los 20 días del calendario sagrado o Tonalpohualli y
representaciones simbólicas de Tezcatlipoca, Quetalcóatl y Tlaloc.
El calendario de piedra, que quizá sirviera
también de ara sacrificial engloba una visión de la vida y la muerte claramente azteca,
en un frágil universo mantenido gracias a la continua ofrenda de sangre a los dioses.
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