La
leyenda del jurunda
de
"Mitología Guaraní" de Jorge Montesino
Cerca
del río, los chiquilines pescan. Tiran sus precarios anzuelos en cuya punta danzan alguna
lombriz y, atentos, esperan el pique. Muchas veces pasan horas hasta que pueden engañar a
algún pez. Las más de las veces los peces se acercan al anzuelo, miran a la lombriz que
se retuerce todavía bajo el agua, la olisquean y se van quizá riéndose de la ingenua
manera de pescar de esos chiquilines.
Pero
ellos son felices.
Estar
junto a las aguas del río los hace felices.
De
vez en cuando se cansan de esperar y entonces se dan un chapuzón.
Claro
que no se aventuran a acercarse al remanso que desde el recodo del río los mira con sus
negros ojos. Pero en el remanso era donde más gusto da pescar. Allí se pueden atrapar
los mejores peces. El remanso es para los más osados y sólo uno de aquellos chiquilines
se atreve a pescar en ese lugar. Es que el riesgo de resbalar y caer es grande. Y si se
cae allí...
Se
enfurece el Ypóra y te arrastra hasta el fondo
del río, te entierra en el barro te cubre de ramas, te ahoga y ya no te deja regresar. Ni
tu cuerpo van a encontrar si te caés ahí... le dice uno de los amigos al más
audaz.
Pero
el chiquilín no hace caso.
Lo
que más le gusta es tentar al remanso.
Se
acerca siempre solo y allí tiende la línea con el anzuelo. Una vez hasta sacó un dorado
de allí. Claro que su padre lo felicitó por la pesca pero también le advirtió que no
debía arriesgarse tanto, Ypóra puede
enojarse contigo si eres tan obstinado, le dijo.
Todo
reto, toda advertencia era de balde.
El
chiquilín no tenía oídos para recomendaciones, obedecía más que nada al llamado de la
sangre. Había nacido aventurero y nadie podía impedirlo. Eso pensaba su padre. Aunque no
dejara de llamarle la atención y de poner cuidado en él toda vez que podía.
Un
día iba del brazo de su madre a una fiesta en el pueblo. Parecía muy contento de
acompañarle, pero lo cierto es que al primer descuido, el chiquilín desapareció.
¿Dónde estará? No desesperó la madre, conociendo el temperamento de su hijo, mas al
pasar las horas y no verlo regresar comenzó a asustarse. ¿Dónde se habrá ido? se
preguntaba la madre ahora desesperada. Al fin decidió buscarlo a orillas de río.
Cuando
la madre llegó el chico ya no estaba en la orilla, había caído al agua, el remanso lo
había arrastrado pero él había logrado asirse a un tronco y giraba y giraba en el
remanso. La madre al verlo dio un grito de espanto y sin pensar que podía ayudarlo mejor
de otra manera, se arrojó al agua para salvarlo. ¡No, madre!, gritó el
chiquilín que conocía la fuerza del remanso. Pero ya era tarde. La madre ya era
arrastrada por el remolino implacable. Los círculos de agua le apretaban el pecho y la
arrastraban hacia el fondo. Aún tuvo tiempo para una mirada última a su amado hijo que,
con lágrimas en los ojos contemplaba lo inevitable.
El
agua dulce del río le mojaba el cuerpo.
El
agua salada de las lágrimas le mojaba el rostro.
Miró
hacia el fondo del río y vio dos ojos verdes que también le miraban desde el fondo del
agua. Una mirada terrible que surgía de la oscuridad total de las aguas.
Has
sido castigado, dijo una voz que resonó profunda, por tu culpa tu madre ha
muerto. Ypóra te condena: desde hoy
obligatoriamente seguirás el curso de los ríos, intrincado como tus deseos. Pescar era
tu alegría, pues pescarás toda tu vida y más aún. Te pondré plumas de colores,
volarás a ras del agua y perseguirás a los peces. Pero los chicos como tú te
perseguirán por siempre. No te será posible cantar, pero cada vez que lo intentes un
graznido seco saldrá de tu garganta para recordarte que tu madre ha muerto por tu
culpa.
Despareció
la mirada luminosa del fondo del río. Y el martín pescador que ahora estaba posado en el
tronco se alejó volando sobre el rumor de las aguas.