MI PARTIDA DE BAUTISMO
[1783]
En la ciudad Mariana de Caracas, en 30 de
junio de 1783 años, el Doctor Don Juan Felix Jerez y Aristeguieta, presbítero, con
licencia que yo el infrascripto Teniente Cura de esta Santa Iglesia Catedral le concedí,
bautizó, puso óleo y crisma y dio bendiciones a Simón José Antonio de la Santísima
Trinidad, párvulo, que nació el veinte y cuatro del corriente, hijo legítimo de Don
Juan Vicente de Bolívar y de Doña María de la Concepción Palacios y Sojo, naturales y
vecinos de esta ciudad. Fue su padrino Don Feliciano Palacios y Sojo, a quien se advirtió
el parentesco espiritual y obligación; y para que conste lo firmo. Fecha ut supra.
Bachiller Manuel Antonio Faxardo.
DISCURSO
ANTE LA SOCIEDAD PATRIOTICA
[1811]
Simón Bolívar
No es que hay dos Congresos. ¿Cómo fomentarán el cisma los que más
conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para
animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad; unirnos para reposar, y para dormir
en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición. Se discute en el
Congreso Nacional lo que debiera estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar por
una declaración, como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía
extranjera. Que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿Qué nos
importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos
resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Que los
grandes proyectos deben prepararse en calma! Trescientos años de calma, ¿no bastan? La
Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la nación, pero el Congreso debe
oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios.
Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana; vacilar es
perdernos.
Propongo que una comisión del seno de este cuerpo lleve al soberano
Congreso estos sentimientos.
"MANIFIESTO DE CARTAGENA"
[1812]
L ibertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela, y
redimir a ésta de la que padece, son los objetos que me he propuesto en esta Memoria.
Dignaos, oh mis conciudadanos, de aceptarla con indulgencia en obsequio de miras tan
laudables.
Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado
prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas, y políticas, que siempre fiel al
sistema liberal, y justo que proclamó mi patria, he venido a seguir aquí los estandartes
de la independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos estados.
Permitidme que animado de un celo patriótico me atreva a dirigirme a
vosotros, para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su
destrucción; lisonjeándome que las terribles, y ejemplares lecciones que ha dado aquella
extinguida República, persuadan a la América, a mejorar de conducta, corrigiendo los
vicios de unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos.
El más consecuente error que cometió Venezuela, al presentarse en el
teatro político fue, sin contradicción. la fatal adopción que hizo del sistema
tolerante; sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo
sensato, y tenazmente sostenido hasta los últimos periodos, con una ceguedad sin ejemplo.
Las primeras pruebas que dio nuestro Gobierno de su insensata
debilidad, las manifestó con la ciudad subalterna de Coro, que denegándose a reconocer
su legitimidad, lo declaró insurgente y lo hostilizó como enemigo.
La Junta Suprema, en lugar de subyugar aquella indefensa ciudad, que
estaba rendida con presentar nuestras fuerzas marítimas delante de su puerto, la dejó
fortificar y tomar una actitud tan respetable, que logró subyugar después la
Confederación entera, con casi igual facilidad que la que teníamos nosotros
anteriormente para vencerla. Fundando la Junta su política en los principios de humanidad
mal entendida que no autorizan a ningún gobierno, para hacer por la fuerza libres a los
pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos.
Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que
podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos
buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la
perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que
tuvimos filósofos por jefes; filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y
sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios y de cosas, el orden social
se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados
a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada.
De aquí nació la impunidad de los delitos de Estado cometidos
descaradamente por los descontentos, y particularmente por nuestros natos e implacables
enemigos, los españoles europeos, que maliciosamente se habían quedado en nuestro país
para tenerlo incesantemente inquieto y promover cuantas conjuraciones les permitían
formar nuestros jueces perdonándolos siempre, aun cuando sus atentados eran tan enormes
que se dirigían contra la salud pública.
La doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen en las máximas
filantrópicas de algunos escritores que defienden la no residencia de facultad en nadie,
para privar de la vida a un hombre, aun en el caso de haber delinquido éste en el delito
de lesa patria. Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un
perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar, porque
los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal que
contribuyó más que nada a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente
concluido!
De aquí vino la oposición decidida a levantar tropas veteranas,
disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender
la libertad con suceso y gloria. Por el contrario, se establecieron innumerables cuerpos
de milicias indisciplinadas, que además de agotar las cajas del erario nacional con los
sueldos de la plana mayor, destruyeron la agricultura, alejando a los paisanos de sus
hogares, e hicieron odioso el gobierno que obligaba a éstos a tomar las armas y a
abandonar sus familias.
"Las repúblicas -decían nuestros estadistas- no han menester de
hombres pagados para mantener su libertad. Todos los ciudadanos serán soldados cuando nos
ataque el enemigo. Grecia, Roma, Venecia, Génova, Suiza, Holanda, y recientemente el
Norte de América vencieron a su contrarios sin auxilio de tropas mercenarias, siempre
prontas a sostener al despotismo y a subyugar a sus conciudadanos".
Con estos antipolíticos e inexactos raciocinios, fascinaban a los
simples, pero no convencían a los prudentes, que conocían bien la inmensa diferencia que
hay entre los pueblos, los tiempos, y las costumbres de aquellas repúblicas y las
nuestras. Ellas, es verdad que no pagaban ejércitos permanentes; mas era porque en la
antigüedad no los había y sólo confiaban la salvación y la gloria de los Estados en
sus virtudes políticas, costumbres severas y carácter militar, cualidades que nosotros
estamos muy distantes de poseer. Y en cuanto a las modernas que han sacudido el yugo de
sus tiranos es notorio que han mantenido el competente número de veteranos que exige su
seguridad; exceptuando el Norte de América, que estando en paz con todo el mundo y
guarnecido por el mar, no ha tenido por conveniente sostener en estos últimos años el
completo de tropas veteranas que necesita para la defensa de sus fronteras y plazas.
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DECRETO DE GUERRA A MUERTE (1813)
El
resultado probó severamente a Venezuela el error de su cálculo, pues los milicianos que
salieron al encuentro del enemigo, ignorando hasta el manejo del arma, y no estando
habituados a la disciplina y obediencia, fueron arrollados al comenzar la última
campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que hicieron sus jefes, por
llevarlos a la victoria. Lo que causó un desaliento general en soldados y oficiales;
porque es una verdad militar que sólo ejércitos aguerridos son capaces de sobreponerse a
los primeros infaustos sucesos de una campaña. EL soldado bisoño lo cree todo perdido,
desde que es derrotado una vez; porque la experiencia no le ha probado que el valor, la
habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna.
La subdivisión de la provincia de Caracas, proyectada discutida y
sancionada por el Congreso federal, despertó y fomentó una enconada rivalidad en las
ciudades y lugares subalternos, contra la capital: "La cual -decían los congresantes
ambiciosos de dominar en sus distritos- era la tiranía de las ciudades y la sanguijuela
del Estado". De este modo se encendió el fuego de la guerra civil en Valencia, que
nunca se logró apagar con la reducción de aquella ciudad; pues conservándolo
encubierto, lo comunicó a las otras limítrofes a Coro y Maracaibo; y éstas entablando
comunicaciones con aquéllas, facilitaron, por este medio, la entrada de los españoles
que trajo la caída de Venezuela.
La disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y
perjudiciales, y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios,
jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales, dio un golpe mortal a la
República, porque la obligó a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel
moneda, sin otra garantía que la fuerza y las rentas imaginarias de la Confederación.
Esta nueva moneda pareció a los ojos de los más, una violación manifiesta del derecho
de propiedad, porque se conceptuaban despojados de objetos de intrínseco valor, en cambio
de otros cuyo precio era incierto y aun ideal. El papel moneda remató el descontento de
los estólidos pueblos internos, que llamaron al comandante de las tropas españolas, para
que viniese a librarlos de una moneda que veían con más horror que la servidumbre.
Pero lo que debilitó más el Gobierno de Venezuela, fue la forma
federal que adoptó, siguiendo las máximas exageradas de los derechos del hombre, que
autorizándolo para que se rija por sí mismo rompe los pactos sociales, y constituye a
las naciones en anarquía. Tal era el verdadero estado de la Confederación. Cada
provincia se gobernaba independientemente; y, a ejemplo de éstas, cada ciudad pretendía
iguales facultades alegando la práctica de aquéllas y la teoría de que todos los
hombres, y todos los pueblos, gozan de la prerrogativa de instituir a su antojo, el
gobierno que les acomode.
El sistema federal bien que sea el más perfecto y más capaz de
proporcionar la felicidad humana en sociedad es, no obstante, el más opuesto a los
intereses de nuestros nacientes Estados. Generalmente hablando, todavía nuestros
conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus
derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero
republicano: virtudes que no se adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se
desconocen los derechos y los deberes del ciudadano.
Por otra parte ¿qué país del mundo por morigerado y republicano que
sea, podrá, en medio de las facciones intestinas y de una guerra exterior, regirse por un
gobierno tan complicado y débil como el federal? No, no es posible conservarlo en el
tumulto de los combates y de los partidos. Es preciso que el gobierno se identifique, por
decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo
rodean. Si éstos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son
calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible, y armarse de una firmeza igual a
los peligros, sin atender a leyes ni constituciones, ínterin no se restablecen la
felicidad y la paz.
Caracas tuvo mucho que padecer por defecto de la Confederación que
lejos de socorrerla le agotó sus caudales y pertrechos; y cuando vino el peligro la
abandonó a su suerte, sin auxiliarla con el menor contingente. Además le aumentó sus
embarazos habiéndose empeñado una competencia entre el poder federal y el provincial,
que dio lugar a que los enemigos llegasen al corazón del Estado, antes que se resolviese
la cuestión de si deberían salir las tropas federales o provinciales a rechazarlos,
cuando ya tenían ocupada una gran porción de la provincia. Esta fatal contestación
produjo una demora que fue terrible para nuestras armas. Pues las derrotaron en San Carlos
sin que les llegasen los refuerzos que esperaban para vencer.
Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos
americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente
envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por
ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas.
Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo, y por los
intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la
Federación entre nosotros; porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones
maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que
jamás se vio en Venezuela una votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en
manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de
partido decidía en todo y, por consiguiente, nos desorganizó más de lo que las
circunstancias hicieron. Nuestra división y no las armas españolas, nos tornó a la
esclavitud.
EL terremoto de 26 de marzo trastornó ciertamente, tanto lo físico
como lo normal; y puede llamarse propiamente la causa inmediata de la ruina de Venezuela;
mas este mismo suceso habría tenido lugar, sin producir tan mortales efectos, si Caracas
se hubiera gobernado entonces por una sola autoridad, que obrando con rapidez y vigor
hubiese puesto remedio a los daños sin trabas, ni competencias que retardando el efecto
de las providencias, dejaban tomar al mal un incremento tan grande que lo hizo incurable.
Si Caracas, en lugar de una Confederación lánguida e insubsistente,
hubiese establecido un gobierno sencillo, cual lo requería su situación política y
militar, tú existieras ¡oh Venezuela! y gozaras hoy de tu libertad.
La influencia eclesiástica tuvo después del terremoto, una parte muy
considerable en la sublevación de los lugares y ciudades subalternas: y en la
introducción de los enemigos en el país; abusando sacrílegamente de la santidad de su
ministerio en favor de los promotores de la guerra civil. Sin embargo, debemos confesar
ingenuamente, que estos traidores sacerdotes, se animaban a cometer los execrables
crímenes de que justamente se les acusa porque la impunidad de los delitos era absoluta;
la cual hallaba en el Congreso un escandaloso abrigo; llegando a tal punto esta injusticia
que de la insurrección de la ciudad de Valencia, que costó su pacificación cerca de mil
hombres, no se dio a la vindicta de las leyes un solo rebelde; quedando todos con vida y,
los más, con sus bienes.
De lo referido se deduce, que entre las causas que han producido la
caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su Constitución; que
repito, era tan contraria a sus intereses, como favorable a los de sus contrarios. En
segundo, el espíritu de misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero, la
oposición al establecimiento de un cuerpo militar que salvase la República y repeliese
los choques que le daban los españoles. Cuarto, el terremoto acompañado del fanatismo
que logró sacar de este fenómeno los más importantes resultados; y últimamente, las
facciones internas que en realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la
patria al sepulcro.
Estos ejemplos de errores e infortunios, no serán enteramente
inútiles para los pueblos de la América meridional, que aspiran a la libertad e
independencia.
La Nueva Granada ha visto sucumbir a Venezuela, por consiguiente debe
evitar los escollos que han destrozado a aquélla. A este efecto presento como una medida
indispensable para la seguridad de la Nueva Granada, la reconquista de Caracas. A primera
vista parecerá este proyecto inconducente, costoso y quizás impracticable; pero
examinando atentamente con ojos previsivos, y una meditación profunda, es imposible
desconocer su necesidad, como dejar de ponerlo en ejecución probada la utilidad.
Lo primero que se presenta en apoyo de esta operación, es el origen de
la destrucción de Caracas, que no fue otro que el desprecio con que miró aquella ciudad
la existencia de un enemigo que parecía pequeño, y no lo era considerándolo en su
verdadera luz.
Coro, ciertamente, no habría podido nunca entrar en competencias con
Caracas, si la comparamos, en sus fuerzas intrínsecas, con ésta; mas como en el orden de
las vicisitudes humanas no es siempre la mayoría física la que decide, sino que es la
superioridad de la fuerza moral la que inclina hacia sí la balanza política, no debió
el Gobierno de Venezuela, por esta razón, haber descuidado la extirpación de un enemigo
que, aunque aparentemente débil, tenía por auxiliares a la provincia de Maracaibo; a
todas las que obedecen a la Regencia; el oro, y la cooperación de nuestros eternos
contrarios los europeos que viven con nosotros; el partido clerical, siempre adicto a su
apoyo y compañero, el despotismo, y, sobre todo, la opinión inveterada de cuantos
ignorantes y supersticiosos contienen los límites de nuestros estados. Así fue que
apenas hubo un oficial traidor que llamase al enemigo, cuando se desconcertó la máquina
política, sin que los inauditos y patrióticos esfuerzos que hicieron los defensores de
Caracas, lograsen impedir la caída de un edificio ya desplomado, por el golpe que
recibió de un solo hombre.
Aplicando el ejemplo de Venezuela a la Nueva Granada; y formando una
proporción hallaremos que Coro es a Caracas, como Caracas es a la América entera;
consiguientemente, el peligro que amenaza este país está en razón de la anterior
progresión; porque poseyendo España el territorio de Venezuela, podrá con facilidad
sacarle hombres y municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes
experimentados contra los grandes maestros de la guerra, los franceses, penetren desde las
provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional.
España tiene en el día gran número de oficiales generales ambiciosos
y audaces; acostumbrados a los peligros y a las privaciones que anhelan por venir aquí a
buscar un imperio que reemplace el que acaban de perder.
Es muy probable, que al expirar la Península, haya una prodigiosa
emigración de hombres de todas clases; y particularmente de cardenales arzobispos,
obispos, canónigos y clérigos revolucionarios capaces de subvertir, no sólo nuestros
tiernos y lánguidos estados, sino de envolver el Nuevo Mundo entero en una espantosa
anarquía. La influencia religiosa, el imperio de la dominación civil y militar, y
cuantos prestigios pueden obrar sobre el espíritu humano, serán otros tantos
instrumentos de que se valdrán para someter estas regiones.
Nada se opondrá a la emigración de España. Es verosímil que
Inglaterra proteja la evasión de un partido que disminuye en parte las fuerzas de
Bonaparte en España; y trae consigo el aumento y permanencia del suyo en América. La
Francia no podrá impedirlo tampoco Norte América; y nosotros menos aún, pues careciendo
todos de una marina respetable, nuestras tentativas serán vanas.
Estos tránsfugas hallarán, ciertamente, una favorable acogida en los
puertos de Venezuela, como que vienen a reforzar a los opresores de aquel país; y los
habilitan de medios para emprender la conquista de los Estados independientes.
Levantarán quince o veinte mil hombres que disciplinarán prontamente
con sus jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados veteranos. A este ejército seguirá
otro todavía más temible, de ministros, embajadores, consejeros, magistrados, toda la
jerarquía eclesiástica y los grandes de España, cuya profesión es el dolo y la
intriga, condecorados con ostentosos títulos, muy adecuados para deslumbrar a la
multitud, que derramándose como un torrente, lo inundarán todo arrancando la semillas, y
hasta las raíces del árbol de la libertad de Colombia. Las tropas combatirán en el
campo; y éstos, desde sus gabinetes, nos harán la guerra por los resortes de la
seducción y del fanatismo.
Así pues, no nos queda otro recurso para precavernos de estas
calamidades, que el de pacificar rápidamente nuestras provincias sublevadas, para llevar
después nuestras armas contra las enemigas; y formar, de este modo, soldados y oficiales
dignos de llamarse las columnas de la patria.
Todo conspira a hacernos adoptar esta medida; sin hacer mención de la
necesidad urgente que tenemos de cerrarle las puertas al enemigo, hay otras razones tan
poderosas para determinarnos a la ofensiva, que sería una falta militar y política
inexcusable dejar de hacerla. Nosotros nos hallamos invadidos y, por consiguiente,
forzados a rechazar al enemigo más allá de la frontera. Además, es un principio del
arte que toda guerra defensiva es perjudicial y ruinosa para el que la sostiene; pues lo
debilita sin esperanza de indemnizarlo; y que las hostilidades en el territorio enemigo,
siempre son provechosas, por el bien que resulta del mal del contrario; así, no debemos,
por ningún motivo, emplear la defensiva.
Debemos considerar también el estado actual del enemigo, que se halla
en una posición muy crítica, habiéndoseles desertado la mayor parte de sus soldados
criollos; y teniendo al mismo tiempo que guarnecer las patrióticas ciudades de Caracas,
Puerto Cabello, La Guaira, Barcelona, Cumaná y Margarita, en donde existen sus
depósitos; sin que se atrevan a desamparar estas plazas por temor de una insurrección
general en el acto de separarse de ellas. De modo que no sería imposible que llegasen
nuestras tropas hasta las puertas de Caracas, sin haber dado una batalla campal.
Es una cosa positiva, que en cuanto nos presentemos en Venezuela, se
nos agregan millares de valerosos patriotas, que suspiran por vernos aparecer, para
sacudir el yugo de sus tiranos, y unir sus esfuerzos a los nuestros en defensa de la
libertad.
La naturaleza de la presente campaña nos proporciona la ventaja de
aproximarnos a Maracaibo, por Santa Marta, y a Barinas por Cúcuta.
Aprovechemos, pues, instantes tan propicios; no sea que los refuerzos
que incesantemente deben llegar de España, cambien absolutamente el aspecto de los
negocios, y perdamos, quizás para siempre, la dichosa oportunidad asegurar la suerte de
estos estados.
El honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar a esos
osados invasores, persiguiéndolos hasta los últimos atrincheramientos, como su gloria
depende de tomar a su cargo la empresa de marchar a Venezuela, a libertar la cuna de la
independencia colombiana, sus mártires, y aquel benemérito pueblo caraqueño, cuyos
clamores sólo se dirigen a sus amados compatriotas los granadinos, que ellos aguardan con
una mortal impaciencia, como a sus redentores. Corramos a romper las cadenas de aquellas
víctimas que gimen en las mazmorras, siempre esperando su salvación de vosotros; no
burléis su confianza; no seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos. Id
veloces a vengar al muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido y libertad a
todos.
Simón Bolívar
Cartagena de Indias, diciembre 15 de 1812. |
SIMÓN BOLIVAR LIBERTADOR DE "VENEZUELA"
[1813]
Ciudad de Caracas
En la ciudad de Caracas, a catorce de octubre de mil ocho cientos
trece, tercero de la República y primero de la guerra a muerte, concurrieron a cabildo
extraordinario, precedida citación del mismo día, los ciudadanos Cristóbal de Mendoza,
gobernador político del Estado; Juan Antonio Rodríguez Domínguez, juez de policía
presidente de la Municipalidad; Vicente y Jacinto Ibarra, alguaciles mayores; y los
municipales Andrés Narvarte, Marcelino Algain, Miguel Camacho, Francisco Ignacio Alvarado
Serrano, José Ventura Santana, Rafael Escorihuela, y los síndicos José Ángel de Álamo
y Pedro Pablo Díaz, el ciudadano Antonio Fernández de León, director general de rentas
nacionales; los corregidores Carlos Machado, Francisco Talavera, Ramón García Cádiz y
Vicente López Méndez, y el prior del Consulado Juan Toro; no habiendo asistido los
demás individuos de la Municipalidad por legítimo impedimento.
Así congregados, tomó la palabra el ciudadano gobernador político
como presidente nato de todos los cabildos del distrito y de este acto, y propuso a la
Asamblea si estaba dispuesta, como manifestó incontinenti estarlo, a entrar en discutir y
acordar la demostración particular que la misma, en nombre del pueblo venezolano, se
hallaba en el necesario caso de tributar al General del Ejército Libertador, ciudadano
Simón Bolívar, pues que siempre victorioso y siempre triunfante de las huestes
españolas que nos oprimían, ha entrado ayer la segunda vez en esta capital, coronado de
laureles, entre los vivas y aplausos más expresivos y sinceros de todos los cuerpos
militares y civiles, del eclesiástico, con su prelado a la cabeza, de todas las personas
más ilustres y notables del país y de un pueblo numerosísimo que espontáneamente
concurrió a recibirle, vencedor y glorioso, por haber dejado deshechas y aniquiladas las
fuerzas enemigas que vinieron últimamente de España, en los campos memorables de
Bárbula y Las Trincheras y encerrados sus miserables restos en Puerto Cabello.
Uniforme, pues, el voto de los concurrentes en ceñir la demostración
al grado militar de que se ha hecho digno por sus servicios, sobre el de brigadier, que no
debe a Venezuela, su patria sino al ilustre Gobierno de la Nueva Granada, protector de
nuestra libertad, y a determinarle un epíteto o sobrenombre que inmortalice su memoria en
los anales de la América libre; la Asamblea, como órgano de la voluntad expresa y
general que han manifestado los pueblos a quienes este invicto General y sus compañeros
de armas han roto las cadenas, y que no pueden ver con indiferencia al Héroe Libertador
con el sólo carácter de brigadier en que se ha mantenido por una consecuencia de su
delicada moderación cuando él mismo día ascendido y condecorado con grados militares,
aun de mayor jerarquía que el suyo a los que se han distinguido en la campaña; resolvió
aclamar, como por el presente acto aclama solemnemente, al Brigadier de la Unión y
General en Jefe de las armas libertadoras, ciudadano Simón Bolívar, por Capitán General
de los Ejércitos de Venezuela, vivo y efectivo, con todas las prerrogativas y
preeminencias correspondientes a este grado militar. También le aclama la Asamblea con el
sobrenombre de Libertador de Venezuela, para que use de él como de un don que consagra la
patria agradecida a un hijo tan benemérito.
Y espera la Asamblea que, puesta esta acta en manos de Su Excelencia
por medio de una diputación, la aceptará como un testimonio de su gratitud; quedando
encargado el ciudadano gobernador político de trasmitirla a los demás Estados para su
inteligencia y satisfacción, igualmente que a los cabildos de Caracas, por conducto del
presidente.
Finalmente, acordó la Asamblea que en las portadas de todas las
Municipalidades del distrito se fije con caracteres bien inteligibles esta inscripción:
&laqno;Bolívar, Libertador de Venezuela»; y firmaron de que certifico. Cristóbal de
Mendoza. Juan Antonio Rodríguez Domínguez. Vicente Ibarra. Jacinto de Ibarra. Andrés de
Narvarte. Marcelino Algain. Miguel Camacho. Francisco Ignacio Alvarado Serrano. José
Ventura Santana. Rafael Escorihuela. José Ángel de Álamo. Pedro Pablo Díaz. Antonio
Fernández de León. Carlos Machado. Francisco Talavera. Ramón García Cádiz. Doctor
Vicente López. Juan Toro.
Francisco León de Urbina,
Teniente Secretario.
* * *
Simón Bolívar
Señores de la Ilustre Municipalidad.
Señores: La diputación de vuestras señorías, me ha presentado el
acta de 14 del corriente, que a nombre de los pueblos me transmiten vuestras señorías
como la debida recompensa a las victorias que he conseguido, y han dado la libertad a mi
patria.
He tenido, es verdad, el honor de conducir en el campo de batalla,
soldados valientes, jefes impertérritos y peritos, bastantes por sí solos a haber
realizado la empresa memorable que felizmente han terminado nuestras armas. Vuestras
señorías me aclaman Capitán General de los Ejércitos y Libertador de Venezuela:
título más glorioso y satisfactorio para mí, que el cetro de todos los imperios de la
tierra; pero vuestras señorías deben considerar que el Congreso de la Nueva Granada, el
mariscal de campo José Félix Ribas, el coronel Atanasio Girardot, el brigadier Rafael
Urdaneta, el comandante D'Eluyar, el comandante Elías y los demás oficiales y tropas son
verdaderamente estos ilustres libertadores. Ellos, señores, y no yo, merecen las
recompensas con que a nombre de los pueblos quieren premiar vuestras señorías en mí,
servicios que éstos han hecho.
El honor que se me hace es tan superior a mi mérito, que no puedo
contemplarle sin confusión.
El Congreso de la Nueva Granada confió a mis débiles esfuerzos el
restablecimiento de nuestra República. Yo he puesto de mi parte el celo; ningún peligro
me ha detenido. Si esto puede darme lugar entre los ciudadanos de nuestra nación, los
felices resultados de la campaña que han dirigido mis órdenes, es un digno galardón de
estos servicios, que todos los soldados del ejército han prestado igualmente bajo las
banderas republicanas.
Penetrado de gratitud he leído el acta generosa en que me aclaman, sin
embargo, Capitán General de los Ejércitos y Libertador de Venezuela. Yo sé cuánto debo
al carácter de vuestras señorías, y mucho más a los pueblos, cuya voluntad me
expresan; y la ley del deber, más poderosa para mí que los sentimientos del corazón, me
impone la obediencia a las instancias de un pueblo libre, y acepto con los más profundos
sentimientos de veneración a mi patria y a vuestras señorías, que son sus órganos, tan
grandes munificencias.
Dios guarde a vuestras señorías muchos años.
Caracas, 18 de octubre de 1813.-3º y 1º
Simón Bolívar
DECRETO DE GUERRA A MUERTE
[1813]
SIMON BOLÍVAR,
Brigadier de la Unión, General en Jefe del Ejercito del Norte,
Libertador de Venezuela
A sus conciudadanos
Venezolanos: Un ejército de hermanos, enviado por el soberano Congreso
de la Nueva Granada, ha venido a libertaros, y ya lo tenéis en medio de vosotros,
después de haber expulsado a los opresores de las provincias de Mérida y Trujillo.
Nosotros somos enviados a destruir a los españoles, a proteger a los
americanos, y a restablecer los gobiernos republicanos que formaban la Confederación de
Venezuela. Los Estados que cubren nuestras armas, están regidos nuevamente por sus
antiguas constituciones y magistrados, gozando plenamente de su libertad e independencia;
porque nuestra misión sólo se dirige a romper las cadenas de la servidumbre, que agobian
todavía a algunos de nuestros pueblos, sin pretender dar leyes, ni ejercer actos de
dominio, a que el derecho de la guerra podría autorizarnos.
Tocado de vuestros infortunios, no hemos podido ver con indiferencia
las aflicciones que os hacían experimentar los bárbaros españoles, que os han
aniquilado con la rapiña, y os han destruido con la muerte; que han violado los derechos
sagrados de las gentes; que han infringido las capitulaciones y los tratados más
solemnes; y, en fin, han cometido todos los crímenes, reduciendo la República de
Venezuela a la más espantosa desolación. Así pues, la justicia exige la vindicta, y la
necesidad nos obliga a tomarla. Que desaparezcan para siempre del suelo colombiano los
monstruos que lo infestan y han cubierto de sangre; que su escarmiento sea igual a la
enormidad de su perfidia, para lavar de este modo la mancha de nuestra ignominia, y
mostrar a las naciones del universo, que no se ofende impunemente a los hijos de América.
A pesar de nuestros justos resentimientos contra los inicuos
españoles, nuestro magnánimo corazón se digna, aún, abrirles por la ultima vez una
vía a la conciliación y a la amistad; todavía se les invita a vivir pacíficamente
entre nosotros, si detestando sus crímenes, y convirtiéndose de buena fe, cooperan con
nosotros a la destrucción del gobierno intruso de España, y al restablecimiento de la
República de Venezuela.
Todo español que no conspire contra la tiranía en favor de la justa
causa, por los medios más activos y eficaces, será tenido por enemigo, y castigado como
traidor a la patria y, por consecuencia, será irremisiblemente pasado por las armas. Por
el contrario, se concede un indulto general y absoluto a los que pasen a nuestro ejército
con sus armas o sin ellas; a los que presten sus auxilios a los buenos ciudadanos que se
están esforzando por sacudir el yugo de la tiranía. Se conservarán en sus empleos y
destinos a los oficiales de guerra, y magistrados civiles que proclamen el Gobierno de
Venezuela, y se unan a nosotros; en una palabra, los españoles que hagan señalados
servicios al Estado, serán reputados y tratados como americanos.
Y vosotros, americanos, que el error o la perfidia os ha extraviado de
las sendas de la justicia, sabed que vuestros hermanos os perdonan y lamentan sinceramente
vuestros descarríos, en la íntima persuasión de que vosotros no podéis ser culpables,
y que sólo la ceguedad e ignorancia en que os han tenido hasta el presente los autores de
vuestros crímenes, han podido induciros a ellos. No temáis la espada que viene a
vengaros y a cortar los lazos ignominiosos con que os ligan a su suerte vuestros verdugos.
Contad con una inmunidad absoluta en vuestro honor, vida y propiedades; el solo título de
americanos será vuestra garantía y salvaguardia. Nuestras armas han venido a protegeros,
y no se emplearán jamás contra uno solo de nuestros hermanos.
Esta amnistía se extiende hasta a los mismos traidores que más
recientemente hayan cometido actos de felonía; y será tan religiosamente cumplida, que
ninguna razón, causa, o pretexto será suficiente para obligarnos a quebrantar nuestra
oferta, por grandes y extraordinarios que sean los motivos que nos deis pare excitar
nuestra animadversión.
Españoles y Canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes,
si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con
la vida, aun cuando seáis culpables.
Cuartel General de Trujillo, 15 de junio de 1813.3
Simon Bolívar.
Es copia.
Pedro Briceño Méndez,
Secretario-
MANISFIESTO DE CARUPANO
[1814]
Simón
Bolívar
Simón Bolívar, Libertador de Venezuela y General en Jefe de sus
ejércitos. A sus conciudadanos.
Ciudadanos:
Infeliz del magistrado que autor de las calamidades o de los crímenes
de su Patria se ve forzado a defenderse ante el tribunal del pueblo de las acusaciones que
sus conciudadanos dirigen contra su conducta; pero es dichosísimo aquel que corriendo por
entre los escollos de la guerra, de la política y de las desgracias públicas, preserva
su honor intacto y se presenta inocente a exigir de sus propios compañeros de infortunio
una recta decisión sobre su inculpabilidad.
Yo he sido elegido por la suerte de las armas para quebrantar vuestras
cadenas, como también he sido, digámoslo asi, el instrumento de que se ha valido la
providencia para colmar la medida de vuestras aflicciones. Sí, yo os he traído la paz y
la libertad, per en pos de estos inestimables bienes han venido conmigo la guerra y la
esclavitud. La victoria conducida por la justicia fue siempre nuestra guía hasta las
ruinas de la ilustre capital de Caracas, que arrancamos de manos de sus opresores. Los
guerreros granadinos no marchitaron jamás sus laureles mientras combatieron contra los
dominadores de Venezuela, y los soldados caraqueños fueron coronados con igual fortuna
contra los fieron españoles que intentaron de nuevo subygarnos. Si el destino inconstante
hizo alternar la victoria entre los enemigos y nosotros, fue sólo en favor de pueblos
americanos que una inconcebilidad demencia hizo tomar las armas para destruir a sus
libertadores y restituir el cetro a sus tiranos.
Así, parece que le cielo para nuestra humillación y nuestra gloria ha
permitido que nuestros vencedores sean nuestros hermanos y que nuestros hermanos
únicamente triunfen de nosotros. El Ejército Libertador exterminó las bandas enemigas,
pero no ha podido exterminar unos pueblos por cuya dicha ha lidiado en centenares de
combates. No es justo destruir los hombres que no quieren ser libres, ni es libertad la
que se goza bajo el imperio de las armas contra la opinión de seres fanáticos cuya
depravación de espíritu les hace amar las cadenas como los vínculos sociales.
No os lamentéis, pues, sino de vuestros compatriotas que instigados
por los furores de la discordia os han sumergido en ese piélago de calamidades, cuyo
aspecto solo hace estremecer a la naturaleza, y que sería tan horroroso como imposible
pintaros. Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno, derramando
vuestra sangre, incendiando vuestros hogares, y os han condenado a la expatriación.
Vuestros clamores deben dirigirse contra esos ciegos esclavos que pretended ligaros a las
cadenas que ellos mismos arrastran; y no os indignéis contra los mártires que fervorosos
defensores de vuestra libertad han prodigado su sangre en todos los campos, han arrostrado
todos los peligros, y se han olvidado de sí mismos para salvaros de la muerte o de la
ignominia. Sed justos en vuestro dolor, como es justa la causa que lo produce.
Que vuestros tormentos no os enajen, ciudadanos, hasta el punto de
considerar a vuestros protectores y amigos como cómplices de crímenes imaginarios, de
intención, o de omisión. Los directores de vuestros destinos no menos que sus
cooperadores, no han tenido otro designio que el de adquirir una perpetua felicidad para
vosotros, que fuese para ellos una gloria inmortal. Mas, si los sucesos no han
correspondido a sus miras, y si desastres sin ejemplo han frustrado empresa tan laudable,
no ha sido por efecto de ineptitud o cobardía; ha sido, sí, la inevitable consequencia
de un proyecto agigantado, superior a todas las fuerzas humanas. La destrucción de un
gobierno, cuyo origen se pierde en la obscuridad de los tiempos; la subversión de
principios establecidos; la mutación de costumbres; el trastorno de la opinión, y el
establecimiento en fin de la libertad en us país de esclavos, es una obra tan imposible
de ejecutar súbitamente, que está fuera del alcance de todo poder humano; por manera que
nuestra excusa de no haber obtenino lo que hemos deseado, es inherente a la causa que
seguimos, porque así como la justicia justifica la audacia de haberla emprendido, la
imposibilidad de su adquisión califica la insuficiencia de los medios. Es laudable, es
noble y sublime, vindicar la naturaleza ultrajada por la tiranía; nada es comparable a la
grandeza de este acto y aun cuando la desolación y la muerte sean el premio de tan
glorioso intento, no hay razón para condenarlo, porque no es lo asequible lo que se debe
hacer, sino aquello que el derecho nos autoriza.
En vano, esfuerzos inauditos han logrado innumerables victorias,
compradas al caro precio de la sangre de nuestros heroicos soldados. Un corto número de
sucesos por parte de nuestros contrarios, ha desplomado el edificio de nuestra gloria,
estando la masa de los pueblos descarriada por el fanatismo religioso, y seducida por el
incentivo de la anarquía devoradora. A la antorcha de la libertad, que nosotros hemos
presentado a la América como la guía y el objeto de nuestros conatos, han opuesto
nuestros enemigos la hacha incendiaria de la discordia, de la devastación y el grande
estímulo de la usurpación de los honores y de la fortuna a hombres envilecidos por el
yugo de la servidumbre y embrutecidos por la doctrina de la superstición: ¿Cómo podría
preponderar la simple teoría de la filosofía política sin otros apoyos que la verdad y
la naturaleza, contra el vicio armado con el desenfreno de la licencia, sin más límites
que su alcance y convertido de reprente por un prestigio religioso en virtud política y
en caridad cristiana? No, no son los hombres vulgares los que pueden calcular el eminente
valor del reino de la libertad, para que lo prefieran a la ciega ambición y a la vil
codicia. De la decisión de esta importante cuestión ha dependido nuestra suerte; ella
estaba en manos de nuestros compatriotas que pervertidos han fallado contra nosotros; de
resto todo lo demás ha sido consiguiente a una determinación más deshonorosa que fatal,
y que debe ser más lamentable por su esencia que por sus resultados.
Es una estupidez maligna atribuir a los hombres públicos las
vicisitudes que el orden de las cosas produce en los Estados, no estando en la esfera de
las facultades de un general o magistrado contener en un momento de turbulencia, de
choque, y de divergencia de opiniones el torrente de las pasiones humanas, que agitadas
por el movimiento de las revoluciones se aumentan en razón de la fuerza que las resiste.
Y aun cuando graves errores o pasiones violentas en los jefes causen frecuentes perjuicios
a la República estos mismos perjuicios deben, sin embargo, apreciarse con equidad y
buscar su origen en las causas primitivas de todos los infortunios: la fragilidad de
nuestra especie, y el imperio de la suerte en todos los acontecimientos. El hombre es el
débil juguete de la fortuna, sobre la cual suele calcular con fundamento muchas veces,
sin poder contar con ella jamás, porque nuestra esfera no está en contacto con la suya
de un orden muy superior a la nuestra. Pretender que la política y la guerra marchen al
grabo de nuestros proyectos, obrando a tientas con sólo la pureza de nuestras
intenciones, y auxiliados por los limitados medios que están a nuestro arbitrio, es
querer lograr los efectos de un poder divino por resortes humanos.
Yo, muy distante de tener la loca presunción de conceptuarme
inculpable de la catástrofe de mi Patria, sufro al contrario, el profundo pesar de
creerme el instrumento infausto de sus espantosas miserias; pero soy inocente porque mi
conciencia no ha perticipado nunca del error voluntario o de la malicia, aunque por otra
parte haya obrado mal y sin acierto. La convicción de mi inocencia me la persuade mi
corazón, y este testimonio es para mí el más auténtico, bien que parezca un orgulloso
delirio. He aquí la causa porque desdeñando responder a cada una de las acusaciones que
de buena o mala fe se me puedan hacer, reservo este acto de justicia, que mi propia
vindicta exige, para ejecutarlo ante un tribunal de sabios, que juzgarán con rectitud y
ciencia de mi conducta en mi misión a Venezuela. Del Supremo Congreso de la Nueva Granada
hablo, de este augusto cuerpo que me ha enviado con sus tropas a auxiliarlos como lo han
hecho heroicamente hasta expirar todas en el campo del honor. Es justo y necesario que mi
vida pública se examine con esmero, y se juzgue con imparcialidad. Es justo y necesario
que yo satisfaga a quienes haya ofendido, y que se me indemnice de los cargos erróneos a
que no he sido acreedor. Este gran juicio debe ser pronunciado por el soberano a quien he
servido; yo os aseguro que será tan solemne cuanto sea posible, y que mis hechos serán
comprobados por documentos irrefragables. Entonces sabréis si he sido indigno de vuestra
confianza, o si merezco el nombre de Libertador.
Yo os juro, amados compatriotas, que este augusto título que vuestra
gratitud me tributó cuando os vine a arrancar las cadenas, no será vano. Yo os juro que
libertador o muerto, mereceré siempre el honor que me habéis hecho, sin que haya
protestad humana sobre la tierra que detenga el curso que me he propuesto seguir hasta
volver segundamente a libertaros, por la senda del occidente, regada con tanta sangre y
adornada de tantos laureles. Esperad, compatriotas, al noble, al virtuoso pueble granadino
que volará ansioso de recoger nuevos trofeos, a prestaros nuevos auxilios, y a traeros de
nueva la libertad, si antes vuestro valor no la adquiere. Sí, sí, vuestras virtudes
solas son capaces de combatir con suceso contra esa multitud de frenéticos que desconocen
su propio interés y honor; pues jamás la libertado ha sido subyugada por la tiranía. No
comparéis vuestras fuerzas físicas con las enemigas, porque no es comparable el
espíritu con la materia. Vosotros sois hombres, ellos son bestias, vosotros sois libres,
ellos esclavos. Combatid, pues, y venceréis. Dios concede la victoria a la constancia.
Carúpano, septiembre 7 de 1814. 4º.
CARTA DE JAMAICA
[1815]
Muy señor mío: Me apresuro
a contestar la carta de 29 del mes pasado que usted me hizo el honor de dirigirme, y yo
recibí con la mayor satisfacción. Sensible como debo, al interés que usted ha querido
tomar por la suerte de mi patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece,
desde su descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los
españoles, no siento menos el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas
que usted me hace, sobre los objetos más importantes de la política americana. Así, me
encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la confianza con que usted me
favorece, y el impedimento de satisfacerle, tanto por la falta de documentos y de libros,
cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un país tan inmenso, variado y
desconocido como el Nuevo Mundo.
En mi opinión es imposible responder a las preguntas con que usted me
ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su universalidad de conocimientos teóricos y
prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la estadística y
revolución de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de
tinieblas y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer conjeturas más o menos
aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte futura, y a los verdaderos proyectos de
los americanos; pues cuantas combinaciones suministra la historia de las naciones, de
otras tantas es susceptible la nuestra por sus posiciones físicas, por las vicisitudes de
la guerra, y por los cálculos de la política.
Como me conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta
de usted, no menos que a sus filantrópicas miras, me animo a dirigir estas líneas, en
las cuales ciertamente no hallará usted las ideas luminosas que desea, mas sí las
ingenuas expresiones de mis pensamientos.
"Tres siglos ha dice usted que empezaron las
barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón».
Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a
la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes
y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades. El filantrópico obispo
de Chiapa, el apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve
relación de ellas, extractada de las sumarias que siguieron en Sevilla a los
conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había entonces en el
Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se hicieron entre sí: como consta
por los más sublimes historiadores de aquel tiempo. Todos los imparciales han hecho
justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y
firmeza denunció ante su gobierno y contemporáneos los actos más horrorosos de un
frenesí sanguinario.
Con cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de usted en
que me dice "que espera que los sucesos que siguieron entonces a las armas
españolas, acompañen ahora a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos
meridionales». Yo tomo esta esperanza por una predicción, si la justicia decide las
contiendas de los hombres. El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino de
América se ha fijado irrevocablemente: el lazo que la unía a España está cortado: la
opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella in
mensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las divide; más grande es el odio que nos
ha inspirado la Península que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir los
dos continentes, que reconciliar los espíritus de ambos países. El hábito a la
obediencia; un comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia;
una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que
formaba nuestra esperanza nos venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión
que parecía eterno; no obstante que la inconducta de nuestros dominadores relajaba esta
simpatía; o, por mejor decir, este apego forzado por el imperio de la dominación. Al
presente sucede lo contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y
tememos: todo lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado y hemos
visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos
sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América
combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.
Porque los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos
desconfiar de la fortuna. En unas partes triunfan los in dependientes, mientras que los
tiranos en lugares diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final?
¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y
observaremos una lucha simultánea en la misma extensión de este hemisferio.
El belicoso estado de las provincias del Río de la Plata ha purgado su
territorio y conducido sus armas vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e
inquietado a los realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfruta allí de su
libertad.
El reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas, está lidian do
contra sus enemigos que pretenden dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron
un término a sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos y
compatriotas; y su ejemplo sublime es suficiente para probarles, que el pueblo que ama su
independencia, por fin la logra.
El virreinato del Perú, cuya población asciende a millón y medio de
habitantes, es, sin duda, el más sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado
para la causa del rey, y bien que sean vanas las relaciones concernientes a aquella
porción de América, es indubitable que ni está tranquila, ni es capaz de oponerse al
torrente que amenaza a las más de sus provincias.
La Nueva Granada que es, por decirlo así, el corazón de la América,
obedece a un gobierno general, exceptuando el reino de Quito que con la mayor dificultad
contienen sus enemigos, por ser fuertemente adicto a la causa de su patria; y las
provincias de Panamá y Santa Marta que sufren, no sin dolor, la tiranía de sus señores.
Dos millones y medio de habitantes están esparcidos en aquel territorio que actualmente
defienden contra el ejército español bajo el general Morillo, que es verosímil sucumba
delante de la inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si la tomare será a costa de grandes
pérdidas, y desde luego carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los morigeros y
bravos moradores del interior.
En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela sus acontecimientos han
sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta
indigencia a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los más bellos países de
cuantos hacían el orgullo de América. Sus tiranos gobiernan un desierto, y sólo oprimen
a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia; algunas
mujeres, niños y ancianos son los que quedan. Los más de los hombres han perecido por no
ser esclavos, y los que viven, combaten con furor, en los campos y en los pueblos internos
hasta expirar o arrojar al mar a los que insaciables de sangre y de crímenes, rivalizan
con los primeros monstruos que hicieron desaparecer de la América a su raza primitiva.
Cerca de un millón de habitantes se contaba en Venezuela y sin exageración se puede
conjeturar que una cuarta parte ha sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre,
la peste, las peregrinaciones; excepto el terremoto, todos resultados de la guerra.
En Nueva España había en 1808, según nos refiere el barón de
Humboldt, siete millones ochocientas mil almas con inclusión de Guatemala. Desde aquella
época, la insurrección que ha agitado a casi todas sus provincias, ha hecho disminuir
sensiblemente aquel cómputo que parece exacto; pues más de un millón de hombres han
perecido, como lo podrá usted ver en la exposición de Mr. Walton que describe con
fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento imperio. Allí la lucha
se mantiene a fuerza de sacrificios humanos y de todas especies, pues nada ahorran los
españoles con tal que logren someter a los que han tenido la desgracia de nacer en este
suelo, que parece destinado a empaparse con la sangre de sus hijos. A pesar de todo, los
mejicanos serán libres, porque han abrazado el partido de la patria, con la resolución
de vengar a sus pasados, o seguirlos al sepulcro. Ya ellos dicen con Reynal: llegó el
tiempo en fin, de pagar a los españoles suplicios con suplicios y de ahogar a esa raza de
exterminadores en su sangre o en el mar.
Las islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar una
población de setecientas a ochocientas mil almas, son las que más tranquilamente poseen
los españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no son
americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No desearán su bienestar?
Este cuadro representa una escala militar de dos mil leguas de longitud
y novecientas de latitud en su mayor extensión en que dieciséis millones de americanos
defienden sus derechos, o están comprimidos por la nación española que aunque fue en
algún tiempo el más vasto imperio del mundo, sus restos son ahora impotentes para
dominar el nuevo hemisferio y hasta para mantenerse en el antiguo. ¿Y~~ y amante de la
libertad permite que una vieja serpiente por sólo satisfacer su saña envenenada, devore
ta más bella parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está Europa sorda al clamor de su propio
interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de
este modo insensible? Estas cuestiones cuanto más las medito, más me confunden; llego a
pensar que se aspira a que desaparezca la América, pero es imposible porque toda Europa
no es España. ¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar América, sin
marina, sin tesoros y casi sin soldados! Pues los que tiene, apenas son bastantes para
retener a su propio pueblo en una violenta obediencia, y defenderse de sus vecinos. Por
otra parte, ¿podrá esta nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del mundo sin
manufacturas. Sin producciones territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política?
Lograda que fuese esta loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la pacificación, los
hijos de los actuales americanos únicos con los de los europeos reconquistadores, ¿no
volverían a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se
están combatiendo?
Europa haría un bien a España en disuadirla de su obstinada
temeridad, porque a lo menos le ahorrará los gastos que expende, y la sangre que derrama;
a fin de que fijando su atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y poder
sobre bases más sólidas que las de inciertas conquistas, un comercio precario y
exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. Europa misma por miras de
sana política debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la independencia
americana, no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige, sino porque éste es el
medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos ultramarinos de comercio. Europa
que no se halla agitada por las violentas pasiones de la venganza, ambición y codicia,
como España, parece que estaba autorizada por todas las leyes de la equidad a ilustrarla
sobre sus bien entendidos intereses.
Cuantos escritores han tratado la materia se acordaban en esta parte.
En consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se
apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son
recíprocas a entrambos hemisferios. Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo
los europeos. pero hasta nuestros hermanas del Norte se han mantenido inmóviles
espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más justa, y por sus resultados
la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y modernos,
¿porque hasta dónde se puede calcular la trascendencia de la libertad en el hemisferio
de Colón?
"La felonía con que Bonaparte dice usted prendió a
Carlos IV y a Fernando VII, reyes de esta nación, que tres siglos la aprisionó con
traición a dos monarcas de la América meridional, es un acto manifiesto de retribución
divina y, al mismo tiempo, una prueba de que Dios sostiene la justa causa de los
americanos, y les concederá su independencia».
Parece que usted quiere aludir al monarca de Méjico Moctezuma, preso
por Cortés y muerto, según Herrera, por el mismo, aunque Solís dice que por el pueblo,
y a Atahualpa, inca del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego Almagro. Existe tal
diferencia entre la suerte de los reyes españoles y los reyes americanos, que no admiten
comparación; los primeros son tratados con dignidad, conservados, y al fin recobran su
libertad y trono; mientras que los últimos sufren tormentos inauditos y los vilipendios
más vergonzosos. Si a Guatimozín sucesor de Moctezuma, se le trata como emperador, y le
ponen la corona, fue por irrisión y no por respeto, para que experimentase este escarnio
antes que las torturas. Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey de
Michoacán, Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuantos Toquis, Imas, Zipas, Ulmenes,
Caciques y demás dignidades indianas sucumbieron al poder español. El suceso de Fernando
VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmén de Copiapó,
entonces reinante en aquella comarca. El español Almagro pretextó, como Bonaparte, tomar
partido por la causa del legítimo soberano y, en consecuencia, llama al usurpador, como
Fernando lo era en España; aparenta restituir al legítimo a sus estados y termina por
encadenar X echar a las llamas al infeliz Ulmén, sin querer ni aún oír su def ensa.
Este es el ejemplo de Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo padecen
destierros, el Ulmén de Chile termina su vida de un modo atroz.
"Después de algunos meses añade usted he hecho
muchas reflexiones sobre la situación de los americanos y sus esperanzas futuras; tomo
grande interés en sus sucesos; pero me faltan muchos informes relativos a su estado
actual y a lo que ellos aspiran; deseo infinitamente saber la política de cada provincia
como también su población; si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran
república o una gran monarquía. Toda noticia de esta especie que usted pueda darme o
indicarme las fuentes a que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy particular".
Siempre las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que
se esmera por recobrar los derechos con que el Creador y la naturaleza le han dotado; y es
necesario estar bien fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar esta noble
sensación; usted ha pensado en mi país, y se interesa por él, este acto de benevolencia
me inspira el más vivo reconocimiento.
He dicho la población que se calcula por datos más o menos exactos,
que mil circunstancias hacen fallidos, sin que sea fácil remediar esta inexactitud,
porque los más de los moradores tienen habitaciones campestres, y muchas veces errantes;
siendo labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de espesos e inmensos bosques,
llanuras solitarias, y aislados entre lagos y ríos caudalosos. ¿Quién será capaz de
formar una estadística completa de semejantes comarcas? Además, los tributos que pagan
los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias, diezmos y derechos que
pesan sobre los labradores, y otros accidentes alejan de sus hogares a los pobres
americanos. Esto sin hacer mención de la guerra de exterminio que ya ha segado cerca de
un octavo de la población, y ha ahuyentado una gran parte; pues entonces las dificultades
son insuperables y el empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del verdadero censo.
Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo,
establecer principios sobre su política, y casi profetizar la naturaleza del gobierno que
llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada.
¿Se puede prever cuando el género humano se hallaba en su infancia rodeado de tanta
incertidumbre, ignorancia y error, cuál seria el régimen que abrazaría para su
conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal nación será república o
monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de
nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte,
cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto
modo viejos en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de América,
como cuando desplomado el imperio romano cada desmembración formó un sistema político,
conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos
jefes, familias o corporaciones, con esta notable diferencia, que aquellos miembros
dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían
las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro
tiempo fue, y que por otra parte no somos indios, ni europeos, sino una especie mezcla
entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo
nosotros americanos por nacimiento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que
disputar a éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los
invasores; así nos hallemos en el caso más extraordinario y complicado. No obstante que
es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política
que América siga, me atrevo aventurar algunas conjeturas que, desde luego, caracterizo de
arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un raciocinio probable.
La posición de los moradores del hemisferio americano, ha sido por
siglos puramente pasiva; su existencia política era nula. Nosotros estábamos en un grado
todavía más abajo de la servidumbre y, por lo mismo, con más dificultad para elevarnos
al goce de la libertad. Permítame usted estas consideraciones para elevar la cuestión.
Los Estados son esclavos por la naturaleza de su constitución o por el abuso de ella;
luego un pueblo es esclavo, cuando el gobierno por su esencia o por sus vicios, holla y
usurpa los derechos del ciudadano o súbdito. Aplicando estos principios, hallaremos que
América no solamente estaba privada de su libertad, sino también de la tiranía activa y
dominante. Me explicaré. En las administraciones absolutas no se reconocen límites en el
ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del gran sultán, Kan, Bey y demás
soberanos despóticos, es la ley suprema, y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada por
los bajáes, kanes y sátrapas subalternos de Turquía y Persia, que tienen organizada una
opresión de que participan los súbditos en razón de la autoridad que se les confía. A
ellos está encargada la administración civil, militar, política, de rentas, y la
religión. Pero al fin son persas los jefes de Ispahán, son turcos los visires del gran
señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines,
militares y letrados al país de Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los actuales
chinos son descendientes directos de los subyugados por los ascendientes de los presentes
tártaros.
¡Cuán diferente entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que,
además de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de
infancia permanente, con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera
manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración interior, conoceríamos
el curso de los negocios públicos y su mecanismo, moraríamos también de la
consideración personal que impone a los ojos del pueblo cierto respeto maquinal que es
tan necesario conservar en las revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos
privados hasta de la tiranía activa, pues que no nos está permitido ejercer sus
funciones.
Los americanos en el sistema español que está en vigor, y quizá con
mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para
el trabajo y, cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con
restricciones chocantes; tales son las prohibiciones del cultivo de frutos de Europa, el
estanco de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento de las fábricas que la
misma Península no posee, los privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos de
primera necesidad; las trabas entre provincias y provincias americanas para que no se
traten, entiendan, ni negocien; en fin, ¿quiere usted saber cuál era nuestro destino?
Los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón;
las llanuras solitarias para criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces,
las entrañas de la tierra para excavar el oro que no puede saciar a esa nación
avarienta.
Tan negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna
otra asociación civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política de
todas las naciones. Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y
populoso sea meramente pasivo, ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la
humanidad?
Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo así,
ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración
del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores sino por causas muy extraordinarias;
arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en calidad de
subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni
financistas, y casi ni aun comerciantes; todo en contravención directa de nuestras
instituciones.
El emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores,
conquistadores y pobladores de América que, como dice Guerra, es nuestro contrato social.
Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y
riesgo, prohibiéndoles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón se les
concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la administración y
ejerciesen la judicatura en apelación; con otras muchas exenciones y privilegios que
sería prolijo detallar. El rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias
americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción que la del alto dominio, siendo
una especie de propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y sus
descendientes. Al mismo tiempo existen leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a
los naturales del país, originarios de España, en cuanto a los empleos civiles,
eclesiásticos y de rentas. Por manera que con una violación manifiesta de las leyes y de
los pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad
constitucional que les daba su código.
De cuanto he referido, será fácil colegir que América no estaba
preparada, para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió por el efecto de
las ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la regencia nos declaró
sin derecho alguno para ello no sólo por la falta de justicia, sino también de
legitimidad. Sobre la naturaleza de los gobiernos españoles, sus decretos conminatorios y
hostiles, y el curso entero de su desesperada conducta, hay escritos del mayor mérito en
el periódico El Español, cuyo autor es el señor Blanco; y estando allí esta parte de
nuestra historia muy bien tratada, me limito a indicarlo.
Los americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos y,
lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos a representar en la
escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores
del erario, diplomáticos, generales, y cuantas autoridades supremas y subalternas forman
la jerarquía de un Estado organizado con regularidad.
Cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad
de Cádiz, y con su vuelo arrollaron a los frágiles gobiernos de la Península, entonces
quedamos en la orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de un usurpador
extranjero. Después, lisonjeados con la justicia que se nos debía, con esperanzas
halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro destino futuro, y
amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un gobierno legítimo, justo y
liberal, nos precipitamos en el caos de la revolución. En el primer momento sólo se
cuidó de proveer a la seguridad interior, contra los enemigos que encerraba nuestro seno.
Luego se extendió a la seguridad exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a
las que acabábamos de deponer encargadas de dirigir el curso de nuestra revolución y de
aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible fundar un gobierno constitucional
digno del presente siglo y adecuado a nuestra situación.
Todos los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el
establecimiento de juntas populares. Estas formaron en seguida reglamentos para la
convocación de congresos que produjeron alteraciones importantes. Venezuela erigió un
gobierno democrático y federal, declarando previamente los derechos del hombre,
manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes generales en favor de la
libertad civil, de imprenta y otras; finalmente, se constituyó un gobierno independiente.
La Nueva Granada siguió con uniformidad los establecimientos políticos y cuantas
reformas hizo Venezuela, poniendo por base fundamental de su Constitución el sistema
federal más exagerado que jamás existió; recientemente se ha mejorado con respecto al
poder ejecutivo general, que ha obtenido cuantas atribuciones le corresponden. Según
entiendo, Buenos Aires y Chile han seguido esta misma línea de operaciones; pero como nos
hallamos a tanta distancia, los documentos son tan raros, y las noticias tan inexactas, no
me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus transacciones.
Los sucesos de México han sido demasiado varios, complicados, rápidos
y desgraciados para que se puedan seguir en el curso de la revolución. Carecemos,
además, de documentos bastante instructivos, que nos hagan capaces de juzgarlos. Los
independientes de México, por lo que sabemos, dieron principio a su insurrección en
septiembre de 1810, y un año después, ya tenían centralizado su gobierno en Zitácuaro,
instalado allí una junta nacional bajo los auspicios de Fernando VII, en cuyo nombre se
ejercían las funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la guerra, esta junta se
trasladó a diferentes lugares, y es verosímil que se haya conservado hasta estos
últimos momentos, con las modificaciones que los sucesos hayan exigido. Se dice que ha
creado un generalísimo o dictador que lo es el ilustre general Morelos; otros hablan del
célebre general Rayón; lo cierto es que uno de estos dos grandes hombres o ambos
separadamente ejercen la autoridad suprema en aquel país; y recientemente ha aparecido
una constitución para el régimen del Estado. En marzo de 1812 el gobierno residente en
Zultepec, presentó un plan de paz y guerra al virrey de México concebido con la más
profunda sabiduría. En él se reclamó el derecho de gentes estableciendo principios de
una exactitud incontestable. Propuso la junta que la guerra se hiciese como entre hermanos
y conciudadanos; pues que no debía ser más cruel que entre naciones extranjeras; que los
derechos de gentes y de guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros, debían
serlo más para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas leyes; que los
prisioneros no fuesen tratados como reos de lesa majestad, ni se degollasen los que
rendían las armas, sino que se mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase
a sangre y fuego en las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni quitasen para
sacrificarlas y, concluye, que en caso de no admitirse este plan, se observarían
rigurosamente las represalias. Esta negociación se trató con el más alto desprecio; no
se dio respuesta a la junta nacional; las comunicaciones originales se quemaron
públicamente en la plaza de México, por mano del verdugo; y la guerra de exterminio
continuó por parte de los españoles con su furor acostumbrado, mientras que los
mexicanos y las otras naciones americanas no la hacían, ni aun a muerte con los
prisioneros de guerra que fuesen españoles. Aquí se observa que por causas de
conveniencia se conservó la apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución de la
monarquía. Parece que la junta nacional es absolutaen el ejercicio de las funciones
legislativa, ejecutiva y judicial, y el número de sus miembros muy limitado.
Los acontec imientos de la tierra firme nos han probado que las
institucio nes perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter,
costumbres y luces actuales. En Caracas el espíritu de partido tomó su origen en las
sociedades, asambleas y elecciones populares; y estos partidos nos tornaron a la
esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la república americana que más se ha
adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro ejemplo de la
ineficacia de la forma demócrata y federal para nuestros nacientes Estados. En Nueva
Granada las excesivas facultades de los gobiernos provinciales y la falta de
centralización en el general han conducido aquel precioso país al estado a que se ve
reducido en el día. Por esta razón sus débiles enemigos se han conservado contra todas
las probabilidades. En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las
virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente
populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina.
Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que
se requiere; y por el contrario, estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la
dirección de una nación como la española que sólo ha sobresal ido en fiereza,
ambición, venganza y codicia.
Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre,
que subyugar uno libre. Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos,
que nos muestran las más de las naciones libres, sometidas al yugo, y muy pocas de las
esclavas recobrar su libertad. A pesar de este convencimiento, los meridionales de este
continente han manifestado el conato de conseguir instituciones liberales, y aun
perfectas; sin duda, por efecto del instinto que tienen todos los hombres de aspirar a su
mejor felicidad posible; la que se alcanza infaliblemente en las sociedades civiles,
cuando ellas están fundadas sobre las bases de la justicia, de la libertad y de la
igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de mantener en su verdadero equilibrio la
difícil carga de una República? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente
desencadenado, se lance a la esfera de la libertad, sin que, como a Ícaro, se le deshagan
las alas, y recaiga en el abismo? Tal prodigio es inconcebible, nunca visto. Por
consiguiente, no hay un raciocinio verosímil, que nos halague con esta esperanza.
Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande
nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque
aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo
sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a
desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de América, porque este proyecto
sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen no se
reformarían, y nuestra regeneración sería infructuosa. Los Estados americanos han
menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del
despotismo y la guerra. La metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única que
puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese
el istmo de Panamá punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente, ¿no
continuarían éstos en la languidez, y aún en el desorden actual? Para que un solo
gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la prosperidad pública,
corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo sería necesario que tuviese las facultades
de un Dios y, cuando menos, las luces y virtudes de todos los hombres.
El espíritu de partido que al presente agita a nuestros Estados, se
encendería entonces con mayor encono, hallándose ausente la fuente del poder, que
únicamente puede reprimirlo. Además, los magnates de las capitales no sufrirían la
preponderancia de los metropolitanos, a quienes considerarían como a otros tantos
tiranos; sus celos llegarían hasta el punto de comparar a éstos con los odiosos
españoles. En fin, una monarquía semejante sería un coloso deforme, que su propio peso
desplomaría a la menor convulsión.
Mr. de Pradt ha dividido sabiamente a la América en quince o
diecisiete Estados independientes entre sí, gobernados por otros tantos monarcas. Estoy
de acuerdo en cuanto a lo primero, pues la América comporta la creación de diecisiete
naciones; en cuanto a lo segundo, aunque es más fácil conseguirla, es menos útil; y
así no soy de la opinión de las monarquías americanas. He aquí mis razones. El
interés bien entendido de una república se circunscribe en la esfera de su
conservación, prosperidad y gloria. No ejerciendo la libertad imperio, porque es
precisamente su opuesto, ningún estímulo excita a los republicanos a extender los
términos de su nación, en detrimiento de sus propios medios, con el único objeto de
hacer participar a sus vecinos de una Constitución liberal. Ningún derecho adquieren,
ninguna ventaja sacan venciéndolos, a menos que los reduzcan a colonias, conquistas o
aliados, siguiendo el ejemplo de Roma. Máximas y ejemplos tales están en oposición
directa con los principios de justicia de los sistemas republicanos, y aún diré más, en
oposición manifiesta con los intereses de sus ciudadanos; porque un Estado demasiado
extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo viene en decadencia, y convierte su
forma libre en otra tiránica; relaja los principios que deben conservarla, y ocurre por
último al despotismo. El distintivo de las pequeñas repúblicas es la permanencia; el de
las grandes es vario, pero siempre se inclina al imperio. Casi todas las primeras han
tenido una larga duración; de las segundas sólo Roma se mantuvo algunos siglos, pero fue
porque era república la capital y no lo era el resto de sus dominios que se gobernaban
por leyes e instituciones diferentes.
Muy contraria es la política de un rey, cuya inclinación constan te
se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades; con razón, porque su
autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos, como a sus
propios vasallos que temen en él un poder tan formidable cuanto es su imperio que se
conserva por medio de la guerra y de las conquistas. Por estas razones pienso que los
americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las
repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de
Europa.
No convengo en el sistema federal entre los populares y
representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy
superiores a los nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de aristocracia y
democracia que tanta fortuna y esplendor ha procurado a Inglaterra. No siéndonos posible
lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en
anarquías demagógicas, o en tiranías monócratas. Busquemos un medio entre extremos
opuestos que nos conducirán a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor. Voy a
arriesgar el resultado de mis cavilaciones sobre la suerte futura de América; no la
mejor, sino la que sea más asequible.
Por la naturaleza de las localidades, riquezas, población y carácter
de los mexicanos, imagino que intentarán al principio establecer una república
representativa, en la cual tenga grandes atribuciones el poder Ejecutivo, concentrándolo
en un individuo que, si desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi naturalmente
vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o violenta administración
excita una conmoción popular que triunfe, ese mismo poder ejecutivo quizás se difundirá
en una asamblea. Si el partido preponderante es militar o aristocrático, exigirá
probablemente una monarquía que al principio será limitada y constitucional, y después
inevitablemente declinará en absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más
difícil en el orden político que la conservación de una monarquía mixta; y también es
preciso convenir en que sólo un pueblo tan patriota como el inglés es capaz de contener
la autoridad de un rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un cetro y una corona.
Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una
asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el
tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo:
estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz
región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse
algún día la capital de la tierra! Como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del
antiguo hemisferio.
Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar
una república central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad que con el nombre de
Las Casas (en honor de este héroe de la filantropía), se funde entre los confines de
ambos países, en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición aunque desconocida,
es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan fuerte, que
puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para
la agricultura como para la cría de ganados, y una gran de abundancia de maderas de
construcción. Los salvajes que la habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se
aumentarían con la adquisición de la Guajira. Esta nación se llamaría Colombia como
tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar
al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo,
electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara
o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre
las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección,
sin otras restricciones que las de la Cámara Baja de Inglaterra. Esta constitución
participaría de todas las formas y yo deseo que no participe de todos los vicios. Como
esta es mi patria, tengo un derecho incontestable para desearla lo que en mi opinión es
mejor. Es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno
central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará por sí sola un
Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todos
géneros.
Poco sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile y
el Perú; juzgando por lo que se trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá un
gobierno central en que los militares se lleven la primacía por consecuencia de sus
divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenerará necesariamente en
una oligarquía, o una monocracia, con más o menos restricciones, y cuya denominación
nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal caso sucediese, porque aquellos habitantes
son acreedores a la más espléndida gloria.
El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por
las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los
fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y
dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a
pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad; los
vicios de Europa y Asia llegarán tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel
extremo del universo. Su territorio es limitado; estará siempre fuera del contacto
inficionado del resto de los hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas;
preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile
puede ser libre.
El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo
régimen justo y liberal; oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está
corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana
libertad; se enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas
serían aplicables a toda la América, creo que con más justicia las merece Lima por los
conceptos que he expuesto, y por la cooperación que ha prestado a sus señores contra sus
propios hermanos los ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que el
que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán
los ricos la democracia, ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia; los primeros
preferirán la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias, y por
establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si concibe recobrar su independencia.
De todo lo expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las
provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso;
algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales; se
fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas serán tan
infelices que devorarán sus elementos, ya en la actual, ya en las futuras revoluciones,
que una gran monarquía no será fácil consolidar; una gran república imposible.
Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola
nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un
origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener un
solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es
posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres
desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para
nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna
de instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e
imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las
naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener
lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración, otra esperanza es infundada,
semejante a la del abate St. Pierre que concibió el laudable delirio de reunir un
Congreso europeo, para decidir de la suerte de los intereses de aquellas naciones.
"Mutuaciones importantes y felices, continuas pueden ser
frecuentemente producidas por efectos individuales". Los americanos meridionales
tienen una tradición que dice: que cuando Quetzalcoatl, el Hermes, o Buda de la América
del Sur resignó su administración y los abandonó, les prometió que volvería después
que los siglos designados hubiesen pasado, y que él restablecería su gobierno, y
renovaría su felicidad. ¿Esta tradición, no opera y excita una convicción de que muy
pronto debe volver? ¡Concibe usted cuál será el efecto que producirá, si un individuo
apareciendo entre ellos demostrase los caracteres de Quetzalcoatl, el Buda de bosque, o
Mercurio, del cual han hablado tanto l as otras naciones? ¿No cree usted que esto
inclinaría todas las partes? ¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en
estado de expulsar a los españoles, sus tropas, y los partidarios de la corrompida
España, para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y
leyes benévolas?
Pienso como usted que causas individuales pueden producir resultados
generales, sobre todo en las revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta, o dios del
Anáhuac, Quetzalcoatl, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que usted
propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano y no ventajosamente; porque
tal es la suerte de los vencidos aunque sean dioses. Sólo los historiadores y literatos
se han ocupado cuidadosamente en investigar su origen, verdadera o falsa misión, sus
profecías y el término de su carrera. Se disputa si fue un apóstol de Cristo o bien
pagano. Unos suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra
Emplumajada; y otros dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una
palabra, los más de los autores mexicanos, polémicos e historiadores profanos, han
tratado con más o menos extensión la cuestión sobre el verdadero carácter de
Quetzalcoatl. El hecho es, según dice Acosta, que él establece una religión, cuyos
ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás
es la más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han procurado
alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo
Tomás como lo afirman otros célebres autores. La opinión general es que Quetzalcoatl es
un legislador divino entre los pueblos paganos de Anáhuac, del cual era lugarteniente el
gran Moctezuma, derivando de él su autoridad. De aquí que se infiere que nuestros
mexicanos no seguirían al gentil Quetzalcoatl, aunque apareciese bajo las formas más
idénticas y favorables, pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva
de las otras.
Felizmente los directores de la independencia de México se han
aprovechado del fanatismo con el mejor acierto proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe
por reina de los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus
banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión que ha
producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta
imagen en México es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro
profeta.
Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de
nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el
distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores
y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la
costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos
son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa
física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga, siendo sus
resultados muy inciertos. Por fortuna entre nosotros, la masa ha seguido a la
inteligencia.
Yo diré a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los
españoles, y de fundar un gobierno libre. Es la unión, ciertamente; mas esta unión no
nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos.
América está encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las naciones,
aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios militares y
combatida por España que posee más elementos para la guerra, que cuantos furtivamente
podemos adquirir.
Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y
cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan; las opiniones se dividen, las
pasiones las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego
que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su
protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a
la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que
está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en
el Oriente y han ilustrado a Europa, volarán a Colombia libre que las convidará con un
asilo.
Tales son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor
de someter a usted para que los rectifique o deseche según su mérito; suplicándole se
persuada que me he atrevido a exponerlos, más por no ser descortés, que porque me crea
capaz de ilustrar a usted en la materia.
Soy de usted, etc., etc.
Kingston, 6 de septiembre de 1815.
PROCLAMA SOBRE LIBERTAD DE
LOS ESCLAVOS
[1816]
SIMÓN BOLÍVAR, Jefe Supremo de la República y Capitán General de
los Ejércitos de Venezuela y de Nueva Granada, etc.
A los habitantes de la provincia de Caracas.
Un ejército provisto de artillería y cantidad suficiente de fusiles y
municiones está hoy a mi disposición para libertaros. Vuestros tiranos serán
destruidos, o expelidos del país, y vosotros restituidos a vuestros derechos, a vuestra
patria y a la paz.
La guerra a muerte que nos han hecho nuestros enemigos cesará por
nuestra parte: perdonaremos a los que se rindan, aunque sean españoles. Los que sirvan la
causa de Venezuela serán considerados como amigos, y empleados según su mérito y
capacidad.
Las tropas pertenecientes al enemigo que se pasen a nosotros, gozarán
de todos los beneficios que la patria concede a sus bienhechores.
Ningún español sufrirá la muerte fuera del campo de batalla. Ningún
americano sufrirá el menor perjuicio por haber seguido el partido del rey, o cometido
actos de hostilidad contra sus conciudadanos.
Esa porción desgraciada de nuestros hermanos que ha gemido bajo las
miserias de la esclavitud ya es libre. La naturaleza, la justicia y la política piden la
emancipación de los esclavos; de aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de
hombres, todos serán ciudadanos.
Luego que tomemos la capital convocaremos el Congreso General de los
representantes del pueblo, y restableceremos el gobierno de la República. Mientras
nosotros marchamos hacia Caracas, el general Mariño a la cabeza de un cuerpo numeroso de
tropas, debe a Cumaná. El general Piar sostenido por los generales Rojas y Monagas
ocupará los Llanos, y avanzará sobre Barcelona, mientras el general Arismendi con su
ejército victorioso ocupará la Margarita.
Cuartel General de Ocumare, 6 de julio de 1816.
DISCURSO DE ANGOSTURA
[1819]
Simón Bolívar
Discurso publicado en el Correo del Orinoco, números 19, 20, 21 y 22
del 20 de febrero al 13 de marzo de 1819. El Libertador, en carta de Tunja de 26 de marzo
de 1820, escribía lo siguiente al general Santander: «Mando a usted la Gaceta. Número
22, para la continuación de mi discurso; en ella es menester tomar el mayor interés en
sus enmendaduras, porque lo he hecho en el mayor desorden, pero lo que está borrado debe
no ponerse. Lo que está subrayado, como son las expresiones de Montesquieu, que se ponga
en letra bastardilla, y la divisa en letra mayúscula»
La reproducción la hizo Nicomedes Lora en la imprenta de B. Espinosa,
año de 1820. Nosotros hemos adoptado la versión del Correo del Orinoco.
Señor. ¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su
mando ha convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues,
me cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el
honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso,
fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino
de la nación.
Al trasmitir a los representantes del pueblo el Poder Supremo que se me
había confiado, colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de
nuestras futuras generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y
prudencia. Cuando cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me
agobiaba , como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas.
Solamente una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me habría
sometido al terrible y peligroso encargo de Dictador Jefe Supremo de la República. ¡Pero
ya respiro devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he
logrado mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un
cuerpo social !
No ha sido la época de la República, que he presidido, una mera
tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el
desarrollo de todos los elementos desorganizadores; ha sido la inundación de un torrente
infernal que ha sumergido la tierra de Venezuela. Un hombre, ¡y un hombre como yo!,
¿qué diques podría oponer al ímpetu de estas devastaciones? En medio de este piélago
de angustias no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me
arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas
irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y
sería darme una importancia que no merezco. ¿Queréis conocer los autores de los
acontecimientos pasados y del orden actual? Consultad los anales de España, de América,
de Venezuela; examinad las Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la
influencia de la religión y del dominio extranjero; observad los primeros actos del
gobierno republicano, la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional. No me
preguntéis sobre los efectos de estos trastornos para siempre lamentables; apenas se me
puede suponer simple instrumento de los grandes móviles que han obrado sobre Venezuela;
sin embargo, mi vida, mi conducta, todas mis acciones públicas y privadas están sujetas
a la censura del pueblo. ¡Representantes! Vosotros debéis juzgarlas. Yo someto la
historia de mi mando a vuestra imparcial decisión; nada añadiré para excusarla; ya he
dicho cuanto puede hacer mi apología. Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el
sublime título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio
Venezuela, al de Pacificador que me dio Con Dinamarca, y a los que el mundo entero puede
dar.
¡Legisladores!
Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es
ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos
está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los
decretos que fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no
es más que un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin
embargo, en la carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de
beneméritos hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y
cuanto se requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que
aquí representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que
en todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos,
y el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán,
sin duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial
y sinceramente acabo de renunciar para siempre.
La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente
ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son
esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer
largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se
acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es
la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada
justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande
perpetuamente.
Ya, pues, que por este acto de mi adhesión a la libertad de Venezuela
puedo aspirar a la gloria de ser contado entre sus más fieles amantes, permitidme,
señor, que exponga con la franqueza de un verdadero republicano mi respetuoso dictamen en
este Proyecto de Constitución que me tomo la libertad de ofreceros en testimonio de la
sinceridad y del candor de mis sentimientos. Como se trata de la salud de todos, me atrevo
a creer que tengo derecho para ser oído por los representantes del pueblo. Yo se muy bien
que vuestra sabiduría no ha menester de consejos, y sé también que mi proyecto acaso,
os parecerá erróneo, impracticable. Pero, señor, aceptad con benignidad este trabajo,
que más bien es el tributo de mi sincera sumisión al Congreso que el efecto de una
levedad presuntuosa. Por otra parte, siendo vuestras funciones la creación de un cuerpo
político y aun se podría decir la creación de un sociedad entera, rodeada de todos los
inconvenientes que presenta una situación la más singular y difícil, quizás el grito
de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido.
Echando una ojeada sobre lo pasado, veremos cuál es la base de la
República de Venezuela.
Al desprenderse América de la Monarquía Española, se ha encontrado,
semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa, cayó dispersa en medio del
antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente con forme a
su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían
a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo
que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre
los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos
hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de
mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así
nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más; nuestra suerte ha
sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos
hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos
colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había
robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar
esta paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La
voluntad del déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que
participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están
encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son
persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los
sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que
la conquistó. Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la
había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus
funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos
había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco
gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la
multitud, y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez,
estábamosabstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del
gobierno.
Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la
tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos
de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos
estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la
fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La
esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su
propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la
inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil;
adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la
traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego
que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más
perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo
pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se
esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el
imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles,
y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son
las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad.
Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que
constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error, y por incentivos nocivos.
«La libertad-dice Rousseau es un alimento suculento, pero de difícil digestión».
Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que
logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las
cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las
pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto templo
de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin
opresión el éter puro que allí reina? Meditad bien vuestra elección, legisladores. No
olvidéis que vais a echar los fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la
grandeza que la naturaleza le ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente
rango que le espera. Si vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de
Venezuela que debe inspiraros el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno
que vais a adoptar para la felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud
será el término de nuestra transformación.
Los anales de los tiempos pasados os presentarán millares de
gobiernos. Traed a la imaginación las naciones que han brillado sobre la tierra, y
contemplaréis afligidos que casi toda la tierra ha sido, y aún es, víctima de sus
gobiernos. Observaréis muchos sistemas de manejar hombres, mas todos para oprimirlos; y
si la costumbre de mirar al género humano conducido por pastores de pueblos, no
disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver nuestra dócil
especie pacer sobre la superficie del globo como viles rebaños destinados a alimentar a
sus crueles conductores. La naturaleza, a la verdad, nos dota al nacer del incentivo de la
libertad; mas sea pereza, sea propensión inherente a la humanidad, lo cierto es que ella
reposa tranquila aunque ligada con las trabas que le imponen. Al contemplarla en este
estado de prostitución, parece que tenemos razón para persuadirnos que, los más de los
hombres tienen por verdadera aquella humillante máxima, que más cuesta mantener el
equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.
¡Ojalá que esta máxima contraria a la moral de la naturaleza, fuese
falsa! ¡Ojalá que esta máxima no estuviese sancionada por la indolencia de los hombres
con respecto a sus derechos más sagrados!
Muchas naciones antiguas y modernas han sacudido la opresión; pero son
rarísimas las que han sabido gozar de algunos preciosos momentos de libertad; muy luego
han recaído en sus antiguos vicios políticos; porque son los pueblos, más bien que los
gobiernos, los que arrastran tras sí la tiranía. El hábito de la dominación, los hace
insensibles a los encantos del honor y de la prosperidad nacional; y miran con indolencia
la gloria de vivir en el movimiento de la libertad, bajo la tutela de leyes dictadas por
su propia voluntad. Los fastos del universo proclaman esta espantosa verdad.
Sólo la democracia, en mi concepto, es susceptible de una absoluta
libertad; pero ¿cuál es el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder,
prosperidad y permanencia? ¿Y no se ha visto por el contrario la aristocracia, la
monarquía cimentar grandes y poderosos imperios por siglos y siglos? ¿Qué gobierno más
antiguo que el de China? ¿Qué República ha excedido en duración a la de Esparta, a la
de Venecia? ¿El Imperio Romano no conquistó la tierra? ¿No tiene Francia catorce siglos
de monarquía? ¿Qui |